«Por un saco de café de contrabando pagábanse preto de 600 pesetas»

En Ourense el estraperlo permitió a pueblos enteros resistir los envites del franquismo y evitar la emigración


Ourense / La Voz

Aunque hayan pasado casi ocho décadas del final de la Guerra Civil y muchos solo sepan del conflicto y la posterior represión lo que aparece en los libros, en Ourense todavía quedan personas que tienen marcada en la memoria del olfato aquella época. «Que marabilla! Como cheiraba aquel café!», recuerda Lola Taboada (Toén, 1939) mientras ofrece lo que tiene en la despensa, y más, para hacer la charla distendida.

Y es que, en la línea fronteriza que hoy separa la provincia del país vecino -conocida como «a raia seca»- es raro que existan aldeas o parroquias en las que algún vecino no sobreviviese gracias al contrabando. La Galicia rural sufría una pobreza extrema en la que no solo brillaban por su ausencia la gasolina o los medicamentos, sino que escaseaban también productos tan básicos como el harina, el azúcar o el café. El estraperlo encontró aquí, desprovisto de leyes y sin más aspiraciones que la de no pasar hambre, su razón de ser y se convirtió en el modo de vida de muchos que lograron evitar así la emigración.

Antonio Atrio (A Gradeira, Toén, 1940) recogía los sacos de 40 o 45 kilos de café que traía por encargo desde A Arnoia y los cargaba en su espalda hasta el monte de Fragoso. En ocasiones de día y en ocasiones de noche. Sin detenerse por las temperaturas extremas de frío o calor que asolan la provincia de Ourense cada verano e invierno.

«Empecei aos quince anos. Daquelas tiña o mesmo corpo que teño hoxe, pero era un pouco máis alto. Penso que de tanto cargar ao final encollín», bromea sentado a la mesa de la cocina. «Algunhas veces chegaba á casa e non era capaz de me espir do petrificado que estaba do frío. Tiña que axudarme meu pai», cuenta hilvanando infinitos días de invierno y lluvia. Meteorología que no solo saldaba cuentas con la salud y afectaba al cuerpo, sino que también dejaba secuelas en la mercancía. «O café pesaba cinco quilos máis se se mollaba coa chuvia ou se caía ao río ao cruzalo», añade con gesto de cansancio, como si se hiciera corpóreo lo evocado.

No recuerda con exactitud cuántos años estuvo realizando esa ruta ?calcula que unos siete u ocho? pero sí lo que tardaba en hacer cada recorrido cuando el tiempo no ejercía su particular violencia. «En cinco horas podías facer o traballo, pero se te pillaban quitábanche o estraperlo e ías preso, no mellor dos casos. A algúns pegábanlles un tiro», describe. «Era perigoso porque nas noites de néboa ás veces non se vía nada. Nin sequera onde poñías os pés. E tiñamos que andar a uns trinta metros de distancia uns dos outros, por precaución», relata.

Pese a que tampoco recuerda cuántos kilómetros caminaban, sí se acuerda de aquellas veces en las que la suerte estuvo de su lado en el trayecto. «Nunha ocasión topámonos cun burro abandonado e aproveitamos para cargar os sacos nel», explica. Sacos por los que, según afirma, se llegaban a pagar quinientas o seiscientas pesetas de la época. «Igual sacabas 2.000 pesetas ao mes. Mentres que na canteira, cando comecei, cobraba 6 pesos por día e deslombábaste a traballar», dice mirándose a las manos, castigadas por años de frío y picar piedra.

Antonio y Lola se conocían desde pequeños, de jugar en el patio de la escuela y de compartir tardes de verano. Pero no fue hasta la mayoría de edad cuando llegó el noviazgo. «Cando viñan el e os amigos á capital -Lola reclama que donde uno nace es la capital, sin importar el resto de la geografía- riámonos un pouco deles porque eran moi tímidos. En Toén eramos trescentos e pico veciños e na Gradeira eran pouquiños. Pero a min o Antonio saíume moi bo. Cando comezou a falarme, eu xa tiña mozo», confiesa mirándolo con una sonrisa.

No se casaron hasta bien entrados los 22 pero desde entonces no se han vuelto a separar. «Eses catro anos de mozos non foron seguidos. Eu tiña que tentear o terreo. E ao final tiven moita sorte. As mulleres de por aquí dicíanme sempre que menudo home conseguira», presume con aire orgulloso.

El azúcar y el cobre eran otras de las mercancías con las que más estraperlo se hacía

Consiguió ser el primero en tener una bicicleta -con la que iba a visitar a la que después fue su mujer y que le servía para desplazarse hasta la cantera en la que trabajó- y unas botas de fútbol que esquivaron, por momentos, las estrecheces vitales. Pero detrás de las apariencias hubo drama y precariedad. Antonio recuerda, como si fuera hoy, aquella vez en la que él y sus compañeros se cruzaron, cuando traían café, con un hombre vestido de negro que confundieron con la brigada. «O susto que levamos ao principio foi tremendo, pero resultou que só andaba en busca e captura por apuñalar a outro home», cuenta quitándole inconscientemente importancia.

A su memoria llegan anécdotas en tropel. Había coches de línea que transportaban a gente aún sabiendo que traían material de contrabando. «E facíase moito a vista gorda coas mulleres porque non se atrevían a apalpalas», relata sobre las que trabajaron durante años en la retaguardia introduciendo azúcar. «Metiamos todo debaixo das saias e podiamos traer dezaseis quilos», añade Lola aclarando que ella es más de blanco que de moreno, que el sabor cambia mucho y el moreno renta menos, pero que en épocas de escasez sobra la exquisitez.

Ourense también fue conocida por sus rutas de wolframio durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis ?que compartían en ocasiones el monte con los maquis? venían hasta aquí para proveerse de material con el que construir tanques o acorazados. Sin embargo, poco se habla de otro metal que también se comercializaba en grandes cantidades: el cobre. «Algunha vez trouxemos cobre en lugar de café, pero era unha mercancía moito máis pesada e complicada de transportar. E como cargabas menos ao final o que pagaban non compensaba», finaliza Antonio. 

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