Cincuenta años con las huellas del lobo

Cándida Andaluz Corujo
Cándida andaluz OURENSE / LA VOZ

SAN CIBRAO DAS VIÑAS

Miguel Villar

Una loba se llevó a Manuel Pereira en sus fauces cuando tenía año y medio en Toén

15 ene 2019 . Actualizado a las 12:15 h.

Ocurrió hace 50 años, pero Carlos Pereira sigue estremeciéndose y emocionándose cada vez que lo cuenta. Bien lo recuerda. Sucedió durante una tarde de verano de 1968 en el lugar de Xestosa, en municipio ourensano de Toén. El protagonista de esta historia, Manuel Pereira, sin embargo, recuerda muy poco. Tenía un año y medio cuando una loba lo llevó varios metros en sus fauces. Seguramente, dice, para alimentar a sus lobeznos. Hoy lo puede contar.

«Eu estivera á tarde nun terreo que temos. Recordo que sentía algo raro, que tiñas os pelos de punta, coma se presentise algo», relata el padre hoy, a sus 89 años. Siguió trabajando la viña, relata, pero cada poco tiempo se tenía que levantar. «Non sei por que, pero estaba moi nervioso», recuerda. Era el tiempo de uvas maduras y la familia Pereira las colgaba en las cepas que tenía en el lugar de A Grela. Carlos le dio dos racimos a sus hijos: José, de 8 años, y Manuel, de año y medio. Y en la puerta de la finca, mientras su padre trabajaba, los hermanos miraban y comían tranquilamente. De repente, la plácida tarde les dio el mayor susto de sus vidas «O rapaz maior berrou ‘papá, o lobo!’. Primeiro foi por el, tirándolle dos tirantes. Saíu correndo asustado. E a loba colleu ao pequeno», dice Carlos. «Eu era moi miudiño e levoume», afirma Manuel, que no tiene recuerdo de ese momento, pero sí las huellas: la firma de un colmillo bajo la boca y otra en la espalda. Marcas que le han acompañado a lo largo de su vida.

«Estaban entre as cepas e non podía ver ben. Pero a loba levouno como cinco ou seis metros. O animal quixo saltar co rapaz na boca un pequeno muro que había no camiño e foi o momento no que caeu das súas fauces», dice. Carlos, el padre, salió detrás tirando piedras, mientras la madre caía desmayada ante tal imagen. «Tirei a aixada e deille ao lobo. Fuxiu e fun coller ao neno. Rapidamente o mestre do lugar fíxolle as curas e buscamos á única persoa que tiña un coche na aldea, para ir xunto ao médico, Eustaquio Puga», explica el padre.

El doctor vio primero cómo estaba el niño, si tenía heridas de gravedad, y llamó a otros dos médicos, para compartir el caso del niño atrapado por el lobo. «Tras facerme as curas, viñemos de novo para a casa e receitáronme case 100 inxeccións contra a rabia», relata Manuel, el hijo. De eso, afirma, es de lo que se acuerda. La parte del relato que tiene viva en su mente, a pesar de que solo tenía 17 meses de vida. «Recordo que había bancos e sentáronme nun, tiñan que agarrarme entre dúas persoas. Era moi doloroso. Iso téñoo gravado», señala como si fuera ayer mismo.

Esa noche, explican ambos, toda la familia, los padres y los tres hijos, durmieron juntos, en la misma cama, todavía sobresaltados y agradeciendo que lo que podría haber sido una tragedia se hubiese quedado en un susto.

«Durante moito tempo estiven mal. Tiña un can na casa e cando ladraba, eu estremecía. Botei máis de quince días moi mal», relata el padre. Durante años, el hijo, Manuel Pereira, tuvo miedo a los perros. Hoy ya no: «Supoño que coma todos os nenos, non polo que pasara co lobo». Y cuenta la historia sin que se le noten más secuelas que las físicas, que fueron creciendo, dice, con él. Sin embargo, Carlos aún se emociona, como si de la historia no hubieran pasado ya cincuenta años. Al final, Manuel solamente tuvo que ponerse diez inyecciones, porque otro médico le dijo, según relatan: «Se o neno salvou das fauces lobo non creo que necesite nada máis». Y así fue.

«Din que a loba non mata no momento. O que fai é levar a comida ás crías. Era unha loba e ao tempo dixéronnos que matara unha ovella dunha veciña, da Saladina. Estaba parida e tiña crías. Tiña as orellas con buratos, coma se lle tiraran tiros. Un día dixéronnos que a matara», relata el padre. «Vaia, iso dixeron, pero nós nunca a vimos morta», apuntilla el hijo.

En ese momento, Carlos se emociona. Dice que en su día se dio a entender que él había desatendido a sus hijos y que por esa razón se lo había llevado la loba. «Dicían que tiña ao neno deitado nunha manta. Iso non me presta...», respira y traga saliva. El hijo le pone la mano en el hombro: «Non te preocupes por iso. Son cousas que se contaron así e xa está».