Cincuenta años con las huellas del lobo

Una loba se llevó a Manuel Pereira en sus fauces cuando tenía año y medio en Toén

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Cincuenta años con la cicatriz de un lobo Sucedió una tarde de verano de 1968 en el lugar de Xestosa, municipio ourensano de Toén. Una loba se llevó entre sus fauces a Manuel Pereira cuando éste tenía solo año y medio

Ourense / la voz

Ocurrió hace 50 años, pero Carlos Pereira sigue estremeciéndose y emocionándose cada vez que lo cuenta. Bien lo recuerda. Sucedió durante una tarde de verano de 1968 en el lugar de Xestosa, en municipio ourensano de Toén. El protagonista de esta historia, Manuel Pereira, sin embargo, recuerda muy poco. Tenía un año y medio cuando una loba lo llevó varios metros en sus fauces. Seguramente, dice, para alimentar a sus lobeznos. Hoy lo puede contar.

«Eu estivera á tarde nun terreo que temos. Recordo que sentía algo raro, que tiñas os pelos de punta, coma se presentise algo», relata el padre hoy, a sus 89 años. Siguió trabajando la viña, relata, pero cada poco tiempo se tenía que levantar. «Non sei por que, pero estaba moi nervioso», recuerda. Era el tiempo de uvas maduras y la familia Pereira las colgaba en las cepas que tenía en el lugar de A Grela. Carlos le dio dos racimos a sus hijos: José, de 8 años, y Manuel, de año y medio. Y en la puerta de la finca, mientras su padre trabajaba, los hermanos miraban y comían tranquilamente. De repente, la plácida tarde les dio el mayor susto de sus vidas «O rapaz maior berrou ‘papá, o lobo!’. Primeiro foi por el, tirándolle dos tirantes. Saíu correndo asustado. E a loba colleu ao pequeno», dice Carlos. «Eu era moi miudiño e levoume», afirma Manuel, que no tiene recuerdo de ese momento, pero sí las huellas: la firma de un colmillo bajo la boca y otra en la espalda. Marcas que le han acompañado a lo largo de su vida.

«Estaban entre as cepas e non podía ver ben. Pero a loba levouno como cinco ou seis metros. O animal quixo saltar co rapaz na boca un pequeno muro que había no camiño e foi o momento no que caeu das súas fauces», dice. Carlos, el padre, salió detrás tirando piedras, mientras la madre caía desmayada ante tal imagen. «Tirei a aixada e deille ao lobo. Fuxiu e fun coller ao neno. Rapidamente o mestre do lugar fíxolle as curas e buscamos á única persoa que tiña un coche na aldea, para ir xunto ao médico, Eustaquio Puga», explica el padre.

El doctor vio primero cómo estaba el niño, si tenía heridas de gravedad, y llamó a otros dos médicos, para compartir el caso del niño atrapado por el lobo. «Tras facerme as curas, viñemos de novo para a casa e receitáronme case 100 inxeccións contra a rabia», relata Manuel, el hijo. De eso, afirma, es de lo que se acuerda. La parte del relato que tiene viva en su mente, a pesar de que solo tenía 17 meses de vida. «Recordo que había bancos e sentáronme nun, tiñan que agarrarme entre dúas persoas. Era moi doloroso. Iso téñoo gravado», señala como si fuera ayer mismo.

Esa noche, explican ambos, toda la familia, los padres y los tres hijos, durmieron juntos, en la misma cama, todavía sobresaltados y agradeciendo que lo que podría haber sido una tragedia se hubiese quedado en un susto.

«Durante moito tempo estiven mal. Tiña un can na casa e cando ladraba, eu estremecía. Botei máis de quince días moi mal», relata el padre. Durante años, el hijo, Manuel Pereira, tuvo miedo a los perros. Hoy ya no: «Supoño que coma todos os nenos, non polo que pasara co lobo». Y cuenta la historia sin que se le noten más secuelas que las físicas, que fueron creciendo, dice, con él. Sin embargo, Carlos aún se emociona, como si de la historia no hubieran pasado ya cincuenta años. Al final, Manuel solamente tuvo que ponerse diez inyecciones, porque otro médico le dijo, según relatan: «Se o neno salvou das fauces lobo non creo que necesite nada máis». Y así fue.

«Din que a loba non mata no momento. O que fai é levar a comida ás crías. Era unha loba e ao tempo dixéronnos que matara unha ovella dunha veciña, da Saladina. Estaba parida e tiña crías. Tiña as orellas con buratos, coma se lle tiraran tiros. Un día dixéronnos que a matara», relata el padre. «Vaia, iso dixeron, pero nós nunca a vimos morta», apuntilla el hijo.

En ese momento, Carlos se emociona. Dice que en su día se dio a entender que él había desatendido a sus hijos y que por esa razón se lo había llevado la loba. «Dicían que tiña ao neno deitado nunha manta. Iso non me presta...», respira y traga saliva. El hijo le pone la mano en el hombro: «Non te preocupes por iso. Son cousas que se contaron así e xa está».

Manuel Pereira habla de aquel suceso con normalidad, aunque asegura que durante años, sobre todo en su adolescencia, le llegó a cansar que se refirieran a él como «o do lobo». Lo cuenta como una anécdota. Su padre, más afectado todavía, añade: «A sorte que tivo meu fillo foi que a loba o agarrou de lado. Se chega a collelo polo pescozo, agora estaba morto», dice. «Tiven que quedar para dar guerra», le responde Manuel. Dicen que aún de vez en cuando se ven lobos por la zona. Y entienden que necesitan su espacio. «Medo non temos, se ves a un pois o que tes é respecto. Outra cousa é se ves unha manda. Entón hai que estar con coidado». Esta historia formó durante años parte de las conversaciones familiares, de las tertulias entre amigos, de la historia del pueblo. «Antes falábase máis e chegou un momento que ata me daba rabia. Tiña 12 ou 13 años e con cada un que se encontraba meu pai, dicía ‘este é o do lobo!’, e a ensinar as marcas», relata Manuel. Pero son anécdotas.

Carlos y Manuel siguen viviendo juntos en la misma casa. La madre ya murió y los otros dos hermanos residen cerca, con sus familias. «Aínda moitas veces métome co meu irmán e dígolle que si, que me quere moito, pero que saíu correndo cando viu o lobo e deixoume alí», dice entre risas Manuel. Sin embargo, está convencido de que si no hubiera dado la voz de alarma a sus padres, él no podría contar hoy esta historia. Y también ayudó, afirma, que su hermano José hubiera ido en numerosas ocasiones al monte con otro familiar y conociese cómo son los lobos y supiese de su peligro. «Creo que foi moi importante que gritase ‘papá, o lobo!’, porque desta maneira alertou á miña familia. Se pensase que era un can pois non tería tanto medo», dice. Queda por saber si la loba simplemente quiso asustar a José para llevarse al pequeño o si simplemente le salvó la fortuna.

Salvado por sus padres

«El niño de año y medio de edad, Manuel Pereira Pérez, ha sido salvado por sus propios padres de morir entre las fauces de un lobo. El hecho ha tenido lugar en la aldea de Xestosa, del municipio de Toén. Trasladado a la Casa de Socorro, se le apreciaron heridas punzantes en la espalda, pecho y cara, calificadas de pronóstico reservado», decía la noticia publicada el 8 de septiembre de 1968. Hoy podemos decir que Manuel cumplió 50 años en buen estado.

«Isto é algo que sempre estará comigo. O cairo do lobo téñoo aquí ao lado da boca e segue a marca no lombo. A que non se ve é a que deixou no peito. Estas foron crecendo comigo, recórdanme esta historia. De vez en cando pasa un tempo no que non falamos disto, esquécese. Pero ao final sempre está presente», dicen Manuel. Da la sensación, transcurrido el tiempo, de que el verdadero protagonista de la historia fue su padre, Carlos, con unas heridas, menos visibles, que todavía parecen abiertas. Es una historia que no habla de temor o del odio al lobo, sino de la suerte, la familia, el amor y la Galicia rural.

Una historia que sí terminó en drama

La relación del lobo con el hombre siempre ha sido confusa, sobre todo en el rural. La convivencia ha sido y es un caso a debatir. En la provincia de Ourense ha dejado historias trágicas, como la sucedida en 1974, cuando un niño murió atacado por uno de estos animales en San Cibrao das Viñas. Una historia que muchos recuerdan y que no estuvo exenta de polémica. «El ambiente en la mañana de ayer en el pueblo de Outeiro Calvo era de honda tristeza. Algunos vecinos, sentados a la sombra de la puerta de las casas, cabizbajos, apenas hablan entre sí. Pedro Javier Iglesias Balsís era el único niño del pueblo y un poco el hijo de todos», comenzaba la crónica de La Voz. Un drama que alarmó a los vecinos de la localidad, que llegaron a organizarse para hacer batidas: «Los vecinos comentan lo que sucederá si un lobo vuelve a aparecer. Ahora van armados al campo; incluso trabajando, la escopeta permanece a mano prevista para cualquier eventualidad. Añaden que han tenido muchas oportunidades de matar lobos, sobre todo durante el invierno, pero en ocasiones no lo hicieron en la creencia de que estaba prohibido». Incluso Félix Rodríguez de la Fuente intervino en el caso, afirmando que el animal sería un perro-lobo, aspecto criticado por expertos que decían que esa especie no era propia de Galicia.

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