El valdeorrés que cruzó el desierto

Pablo Diéguez se inició en el BTT con casi treinta años y superó un desafío personal en el desierto marroquí


ourense / la voz

«Llegué al ciclismo después de un mal momento en mi vida. Caí en una depresión que solo podía dejar atrás marcándome nuevas metas y la bicicleta me las brindó», reza la explicación de Pablo Diéguez (A Rúa, 1981). Cuenta además que le inspiró la capacidad de esfuerzo de Valentí Sanjuán y su cadena de retos que comenzó en el Ironman de Lanzarote y pasó por otros desafíos de la enjundia de la Titan Desert: «En cuanto la conocí, quise participar en ella, se convirtió en mi objetivo personal».

Hace escasos días, el valdeorrés completó esa odisea, una de las pruebas ciclistas más duras del planeta, con exigentes rutas en altura, a través del Atlas marroquí, hasta desembocar en uno de los desiertos con condiciones más exigentes en todo el globo terráqueo. Y no solo eso, el biker del Tres Lunas DO Valdeorras no pudo entrenarse para la carrera como otros profesionales: «Ya me dirán, trabajando de celador en el hospital y de protésico dental cuando termino el turno, además de atender a mi familia, incluido un hijo de ocho años. Tengo que agradecer el apoyo de mucha gente, pero especialmente el de ellos, mi mujer, mis padres y el niño al que no pude dedicarle estos meses todo el tiempo que se merecía».

Por si fuera poco, una lesión le privó de su sueño el pasado año y el estreno llegó justo cuando decidieron endurecer la travesía: «Me comentaron que antes iban famosos que se apuntaban a la experiencia y deportistas de otras modalidades, pero esta vez no fueron. La verdad es que se hizo dura. La etapa en altura me costó mucho. Yo no pasé en entrenamientos de los 1.800 metros y aquí superamos los 2.800. Además, pequé de novato y me dejé los geles y todo lo destinado a mejorar la hidratación. El principio fue difícil, pero a medida que avanzaba la prueba, cada vez me sentí mejor».

Diéguez oyó a partir de ahí lo que se conoce como la llamada del desierto, según sus propias palabras, y no esconde que al llegar a las dunas se sintió realizado: «Nunca había navegado en mi vida y debo reconocer que lo hice un poco a la gallega, si iban dos para un lado y uno para otro, elegía el que convencía a más ciclistas, pero poco a poco terminó por dárseme bien». También perdió un saco de dormir y el descanso no fue el preciso, pero aún así, casi se cuela entre los cincuenta primeros Élite y extendió por el norte de África la difusión de la belleza de Valdeorras. La misma que canta desde su bici, entregado a las rutas de su comarca.

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