Oregón


Arde aquí Oregón y el americano también en una coincidencia literaria que seguro que han observado ourensanos grandes como Carlos Rego, Isaac Pedrouzo o Diego Ameixeiras. El fuego es una metáfora explícita de una ciudad arrasada que lleva años ensayando un dadaísmo político de inspiración franqueirana que en los noventa se encarnó en Baltar Padre y en estos dementes años veinte en un Jajajajajácome con el que podríamos escarallarnos de risa si no nos escaralláramos de pena.

Óliver Laxe dejó bien clarito hace unos meses qué es lo que narices está ardiendo. Bien podría hacer una versión política de su fábula, una especie de Fargo das Burgas centrada en mi ciudad doente, a la que ya solo le falta arder como ardió Roma en el 64, con Nerón subyugado por las llamas, que eran suyas, mientras tocaba la lira, que aquí es la banda de Ribadavia. Nuestro Nerón, el de este Oregón miñoto emborronado, recalentado y decadente, no está ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas. Era muy fácil diagnosticar este determinismo maldito que nos vuelve a encaramar a los titulares del frikismo, pero una vez más se dejó pasar. La pregunta a estas horas vuelve a ser hasta cuándo, en qué momento se pisará fondo para poder empujarnos hacia un lugar que nos merezcamos.

Es verdad. Alguien empuña el chisqueiro y planta el fuego, pero lo que importa es por qué, porque lo fácil es despachar el asunto con la mirilla encañonada hacia un puñado de desgraciados, cuando la cosa va de un territorio en fuga, desclasificado y desclasado, con el timón reventado por las orcas que estos días nos visitan para dejar claros los límites de la naturaleza.

Pero hablábamos de Oregón, capital Salem, la de las meigas.

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