«Reconocer los ingredientes naturales genera confianza»

Heredó de su abuela y de su madre la afición por las aplicaciones medicinales de las plantas, así que cuando un día descubrió en su farmacia de confianza una crema de ingredientes naturales, se le hizo la luz. Se especializó, investigó, testó y, cuando encontró lo que buscaba, creó Naturavia, un referente en cosmética natural gallega que comercializa productos de higiene y tratamientos faciales


Redacción / La Voz

Carla Varela (Leiro, 1981) estudió Biología porque, en cierto modo, englobaba todas las cosas que le gustaban: la zoología, la investigación, la medicina... Y al acabar la carrera empezó la tesis porque todavía no había encontrado su vocación. Hasta que un día fue a por una crema a la farmacia y la farmacéutica le habló de la cosmética natural: «Soy muy racional, pero aquello fue como si se me hiciese la luz; llegué a casa y me puse a buscar información en el ordenador; tenía claro que eso era lo que quería hacer».

-¿Supo por dónde empezar?

- Se lo dije a Pepe, mi pareja, y lejos de echarme para atrás, me animó. Busqué un máster apropiado y encontré uno en Salamanca de plantas medicinales y cosmética natural. Pepe, que había hecho el curso de monitor de autoescuela, se vino conmigo y nada más llegar, encontró trabajo. Fue en el año 2008, un año maravilloso. Nos salió todo redondo.

-¿Qué le atrajo de la cosmética natural?

-A mi abuela materna le gustaba la parte medicinal de las plantas, y yo lo heredé. Con 18 años mi madre me regaló una enciclopedia de plantas medicinales, y cuando la familia se mudó a Madrid, mi abuela tenía allí una casa enorme con muchísimas plantas y botecitos para clasificarlas. Si a mí me dolía la barriga, recurría a las plantas. De hecho, estos días estuve mal del estómago y eché mano del jengibre y el limón.

-¿Cuál fue el siguiente paso, finalizada su etapa de formación?

-Pepe y yo teníamos claro que queríamos volver a Ribadavia, de donde es él, donde nos criamos y donde nos conocimos. Alquilamos un bajo muy bonito en el barrio judío y después de pasarme yo año y medio investigando con texturas y olores, haciendo pruebas y utilizando a la familia como conejillos de indias, decidimos abrir. Al principio no teníamos stock, el laboratorio estaba en la parte trasera y fabricábamos solo lo que vendíamos. 

-¿Cómo se hicieron con la materia prima?

-Compramos productos cercanos de máxima calidad y cultivo ecológico. Para obtener un litro de lavanda, por ejemplo, necesitas diez kilos; el rendimiento es muy bajo. La lavanda la traemos de Murcia o de Granada. Pero la rosa mosqueta o el argán lo traemos de Marruecos, porque es una planta muy endémica que solo la hay allí.

-¿Qué productos comercializan?

-Por un lado los jabones sólidos, que es una línea muy demandada, y que sirven tanto para la limpieza corporal como la facial, y también como champú. Son jabones certificados como ecológicos, con más del 95 % de ingredientes derivados de cultivo ecológico, y que gustan por sus olores, por sus aceites esenciales y muy potentes. Hay un movimiento a favor del residuo cero que prefiere los jabones sólidos a los líquidos porque se evitan envases de plástico, duran mucho más y son biodegradables y no contaminan. Después tenemos la línea facial, con todos los productos para cubrir la rutina básica de cuidados para la piel; una crema limpiadora, tónicos con aguas florales destiladas y un grupo de cremas que son fluidos faciales de textura muy ligera para la hidratación. Y finalmente, aceites faciales muy apropiados como tratamiento nocturno.

-¿Cuál cree que es el éxito de Naturavia?

-Sobre todo, que se trata de un producto gallego y ecológico. La gente lo aprecia cuando ve la formulación porque reconocer los ingredientes naturales genera confianza. Y fabricamos nosotros, lo que nos diferencia de otras empresas del sector que solo comercializan.

Toda una filosofía de vida

Carla reconoce que ella y Pepe son muy afortunados y que, en cierto modo, todo les vino rodado. Eso no quita que no hayan atravesado momentos difíciles y que no hayan trabajado mucho antes de sacar los productos al mercado y que la empresa empezase a ser rentable. En todo caso, están muy satisfechos porque Naturavia les permite llevar una vida acorde con su filosofía: «Somos poco consumistas, llevamos una vida muy austera, también en la alimentación y, en la medida en que podemos hacerlo, en la ropa. Descubrimos que se vive mejor con menos y que no hace falta tener un gran armario». Una forma de vivir sostenible que tratan de inculcar también a sus hijos, Xacobe de 7 años y Lena de 3. Un coche con muchos kilómetros y una furgoneta con la que van de cámping son sus aliados para las vacaciones, que procuran disfrutar siempre cerca de la naturaleza. Su madre, su padre y la familia de Pepe completan el equipo que hicieron posible que Naturavia sople ya 9 velas en su tarta empresarial.

«Vamos a cultivar manzanilla, caléndula y otras plantas que se dan bien aquí»

La lucecita se le encendió a ella, pero Naturavia, que toma el nombre del río Avia que baña las tierras de Ribadavia, es un proyecto familiar que no podría haber salido adelanta sin el apoyo de su marido, Pepe Sotelo; de sus padres, que la ayudan a conciliar, y del resto de la familia.

-¿Cuándo su sueño se convirtió en una empresa rentable?

-En el año 2010 decidimos dar el salto y comercializar los productos fuera. Entonces fue cuando Pepe, que hasta entonces había sido el socio capitalista, dejó el trabajo y se sumó a la empresa recorriendo toda Galicia para ofrecer el producto en tiendas ecológicas. Ahora lo pensamos y nos hace gracia porque no sabíamos de márketing ni de nada, pero cuatro o cinco tiendas creyeron en nosotros, y a eso se sumó que diseñamos una página web para poder vender por Internet y generamos tal movimiento que tuvimos que cerrar la tienda porque no podíamos atender directamente al público. Entonces contratamos también a Lorena, que empezó en el 2013 y sigue con nosotros.

-Y fueron llegando los hijos...

-En efecto. Xacobe en el 2012, que fue cuando nos dieron el certificado ecológico, así que vino con un pan debajo del brazo. Y la niña, Lena, en el 2106.

-¿Qué es lo que más le agradecen a Naturavia?

-Que nos permite ser dueños de nuestra vida, aunque sea casi a costa de no vernos, porque por la mañana estamos trabajando los dos y por la tarde nos turnamos para estar con los niños. Pero es la vida que elegimos, incluso perdiendo de ganar para poder criarlos nosotros. Llegó un momento en el que, con mucho pesar, tuvimos que dejar el local del barrio judío y encontramos una casa con un bajo enorme a un minuto del centro de Ribadavia rodeada de carballos y viñas que es un paraíso, con una finca alrededor en la que también pensamos cultivar manzanilla, caléndulas y otras plantas que se dan bien aquí. Ya estamos haciendo pruebas y macerados.

-¿Han tenido suerte en la vida?

-Sí, hemos tenido mucha suerte. Fue todo muy rodado, desde la gestación de la idea hasta el período de formación y la creación de la empresa. Hemos trabajado mucho, pero también siempre tuvimos muy claro que queríamos hacer esto.

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