Treinta años del primer amo de casa

Ramón González, cura en Petín, entró en 1987 en la asociación de A Rúa; siendo el único socio que ha tenido nunca


O BARCO / LA VOZ

Hace 30 años, al entonces cura párroco de Mones, en Petín, se le cayó un botón de la camisa mientras estaba en un bar y la dueña del establecimiento se ofreció a coserlo. Pero Ramón González Cid dijo que no. Prefirió el préstamo de aguja e hilo para hacerlo él mismo y la hostelera respondió invitándole a entrar en la asociación de Amas de Casa de A Rúa de Valdeorras. Y así, entre la broma y el hilo, el sacerdote dijo que sí. Ramón González contaba entonces que él se encargaba de todas las labores del hogar en su casa. Lo mismo lavaba la ropa que cocinaba o se encargaba de la limpieza. «Esa leyenda negra, terrible, de las criadas de los curas, me obligó a pensármelo bien», decía hace 30 años en La Voz sobre la idea de tener una mujer contratada para hacer las labores del hogar; y después de que su ingreso en la asociación de Amas de Casa (sobre el que la junta directiva mostró algunas reticencias, pero al que la asamblea de cerca de 150 mujeres dijo sí por unanimidad) causase revuelo nacional, tanto que González acabó sentado en el programa de Jesús Hermida contando su historia, ¡y planchando!

Quienes le conocieron dicen que lo de apuntarse a las Amas de Casa fue una forma de llamar la atención sobre la vida de un cura rural. Y también una manera de dar a conocer su vida. La de González, nacido en Maceda, fue sin duda, una existencia peculiar. Fray en el monasterio de Oseira, fue expulsado en el año sesenta (junto a otros religiosos, entre ellos Isaac Alonso Estraviz) por sus ideas liberales. «E por falar galego, por ser demócrata convencido, era un pouco revolucionario», recuerda Avelino García Ferradal, que trabajó codo con codo con González en el colegio Pablo VI de A Rúa y que lo define con una palabra: bondad. «Era boa xente, desa xente que todo o mundo era como el, e non todo o mundo era bo coma el», recuerda Ferradal.

Expulsado de Oseira

Tras su expulsión del obispado de Ourense por parte de monseñor Ángel Temiño, González estuvo en el extranjero. Pasó por varios países europeos hasta conseguir un sitio en la diócesis de Astorga. Su primer destino fue Matarrosa del Sil, en la provincia de León; y en 1983 fue trasladado a Mones. Le había sido diagnosticada una enfermedad grave. Desde el obispado creían que en Valdeorras podría estar más tranquilo y reponerse. El hombre aprovechó para estudiar en Ponferrada y después empezar a dar clase de Lengua Española en el colegio Pablo VI. También ejercía como poeta, según él mismo contaba en La Voz. Estaba contento en Valdeorras, pero no cejaba en su empeño en volver a casa... al obispado de Ourense. Por eso cada año escribía al prelado pidiendo que se le retirara el castigo, pero la respuesta era siempre negativa. En la última, 1987, el secretario episcopal le pedía que no mandase más cartas, que su empeño era inútil. El sacerdote aseguraba que continuará escribiendo, «aunque solo sea para felicitarle las Pascuas», decía entonces en La Voz.

Con la muerte de Temiño, sus anhelos tuvieron más suerte y fue restituido como párroco en el obispado de Ourense. Se trasladó entonces a su Maceda natal, donde decía regresar contento porque así estaría más cerca de sus padres, que entonces contaban con más de 80 años. Ejerció en la parroquia y también en el hospital de la capital.

Antes de irse de Valdeorras, González Cid había dejado de ser un amo de casa con carné. «Estuvo un año o así, y después lo dejó», recuerda Ignacia Rodríguez Moreta, actual presidenta de la agrupación ruesa, de la que había sido fundadora en 1976 y que entonces encabezaba Maru González, que consultó el caso con directivas de la Federación Regional antes de dar el sí a González. «A nosotras nos parecía bien que estuviera en la asociación, no nos estorbaba para nada; pero las reuniones eran sobre belleza y esos temas, y entonces él no se encontraba a gusto, y decidió dejarlo», señala. Sigue siendo, hasta el momento, el único socio que ha tenido nunca la asociación. «Ningún otro hombre quiso volver a entrar», apunta Ignacia Rodríguez, que lidera un grupo de alrededor de sesenta mujeres.

Un buen hombre

«Era un pándego, un home aberto, sen dobre sentido», recuerda Avelino García Ferradal. Un hombre muy implicado en su labor docente que siempre estaba buscando nuevos métodos de aprendizaje con los que atraer la atención de sus alumnos. Implicando con los escolares, y con el pueblo en general. Rememora García Ferradal que en el colegio tenían un proyector de cine que juntos llevaban hasta Mones para que los vecinos pudiesen ver las películas. También fundó el cura la asociación de vecinos de Mones y protestó ante el concello de Petín ante el abandono en el que estaba el pueblo en los ochenta. «Y hasta encabezó una manifestación pacífica con ocasión de una visita electoral del presidente de la Xunta, Gerardo Fernández Albor», contaba La Voz en 1987.

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