MONFORTE / LA VOZ

El viñedo casi siempre es monotemático en los escarpados bancales del Sil. Entre las filas de cepas asoma, como mucho, algún que otro árbol frutal. A simple vista, las condiciones de la ribera parecen óptimas para probar suerte con otros cultivos. Al abrigo del cañón del río, la maduración está garantizada y el riesgo de heladas es prácticamente nulo. Hasta ahí, la buena noticia. La mala es que sus suelos pedregosos apenas retienen el agua que portan las lluvias y la sequía puede resultar extrema desde el mismo arranque de la primavera. Solventado este problema, la viña se convierte en un vergel. En Amandi, justo por debajo de la bodega de la Rectoral, hay quien reparó en ello. Junto a las vides crecen patatas, kiwis, cebollas, tomates, lechugas y hasta coles. El huerto, en versión heroica.

Frente a la central hidroeléctrica situada en la margen ourensana del Sil, que aprovecha el caudal del río Mao en su desembocadura en el embalse de Santo Estevo, se levantan los últimos vestigios de lo que fue el pueblo de O Lameiro. Quedan algunas construcciones en pie, pero hace tiempo que vieron marchar a su última vecina. Vivía en la Casa do Barqueiro, a la que pertenecía al embarcación que en su día comunicaba en ese lugar los municipios de Sober y Parada do Sil. La barca, sin embargo, no era la principal fuente de ingresos de la casa.

Un gran semillero

«Os do Barqueiro colleitaban moito viño e vendían a semente para as hortas. Todo Sober ía a esa zona para mercar plantas de tomates ou cebolas», explican en un pueblo vecino. En otros tiempos, no tan lejanos, el viñedo convivía en ese tramo de la ribera del Sil con un gran semillero de cultivos hortícolas. «Sementábase dende O Lameiro ata As Forcadas, case ata onde plantou as viñas a Rectoral», explican en la parroquia de Amandi, a la que pertenece esa ladera del Sil.

Toda ella tiene la consideración de bien de interés cultural tras la declaración de paisaje cultural, un paso necesario para la presentación de la candidatura de Ribeira Sacra a patrimonio de la humanidad.

La pista que conduce a O Lameiro fue reparada recientemente. Por lo que cuentan, las huertas que aún se cultivan entre las viñas son atendidas por herederos que ya no residen en ese lugar pero que siguen trabajando las tierras. «É unha ladeira moi abrigada e ten auga abundante. Baixa un regato dende o cimo do monte e hai minas por todos os sitios», señala un vecino de Vilachá de Doade que recuerda haber ido allí de joven a comprar plantas para la huerta.

Agua abundante para mitigar la sequía extrema en las zonas de ribera

Una de las fuentes que salpican ese tramo de ribera fue acondicionada en las proximidades del barrio de O Lameiro Vello. No muy lejos se sitúan el huerto y el sembrado de patatas que llaman la atención entre bancales dominados por el viñedo. Una manguera discurre entre las hileras de lechugas, cebollas y coles y el parral de kiwis que se levanta en la parte superior del sembrado. El suelo amarillento y pedregoso deja claro que este tipo de cultivos difícilmente podrían prosperar sin un aporte hídrico extra. Quizás por ello no sea frecuente encontrarlos, al menos en el cañón del Sil, en cuyas laderas la vid tiene más garantías de supervivencia.

A menor escala que en O Lameiro, es posible encontrar algún improvisado huerto en los bancales de algunos viñedos. José Aira, bodeguero y viticultor en Vilachá de Salvadur, en el municipio de A Pobra do Brollón, solía presumir de los tomates que maduraban entre sus cepas en la ribera de Val dos Frades. Crecían justo al lado del conjunto de antiguas construcciones de Os Conventos, donde un proyecto arqueológico va a rastrear ahora los orígenes de la viticultura en la Ribeira Sacra.

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