NNo me digan que no, Ourense en agosto tiene su punto. Ver a los viandantes cruzar la calle haciendo eslalon entre las pocas sombras del asfalto quemado a 40 grados tiene mérito. Y que me dicen cuando llueve, como une entre los de la resistencia agostera aunque sean solo unas gotas. O encontrarte en el súper a los «Rodríguez» de turno, con el resto de la familia en la playa, más perdidos entre los pasillos que un pulpo en un garaje. Por no hablar de esos turistas, y no tan turistas, heroicos que deciden meterse en las termas a pleno sol para cocerse al baño María porque es lo que les han recomendado no sé que influencer que siguen en no sé cual red social.
La ciudad a mediodía fue durante estas últimas semanas un desierto térmico. Nuestro alcalde, que piensa en todo y que va por delante, sabe que el ourensano de pura cepa está en la costa haciendo gasto entre Baiona y O Grove, así que para qué programar nada en la ciudad. Ni una maldita orquesta que llevarse a la boca desde las fiestas de A Ponte. Menos mal que nos quedan las míticas Xornadas de Folclore llevando alegría por las villas. Pero la capital es otra historia. Es asfalto ardiendo a primera hora de la tarde, sí, pero la cosa cambia en cuanto cae el sol. A nada que refresca y la temperatura baja de los 30 grados, la zona de los vinos resucita. Las terrazas se llenan y la noche demuestra que los que nos quedamos al pie del cañón también sabemos resistir, aunque sea a base de la tapita y la caña de rigor. Entre tanto turista despistado, los camareros agradecen caras conocidas que pidan «lo de siempre».