La vida ya no es igual cuando uno conoce a Doa. Es difícil quedarse impasible ante su vitalidad, su carácter y su firmeza. Doa marca porque vivía entregada en hacer sentir bien a los demás. Te arregla la vida en un segundo. Con una sorpresa, un detalle y siempre una sonrisa. Así la rodea una familia y un inmenso grupo de amigos tan cálidos como ella.
No perdió ni un segundo. Era imparable. Desbordaban sus ganas de vivir, de leer, de descubrir canciones, ir al teatro, ver películas, aprender y aprender. Todos los días saco fuerzas de la flaqueza, me dijo una vez. Esa energía lo inundaba todo. Y también su deseo de estar con su gente, en Ourense, en Osuna, en Madrid o de escapada en O Grove. Donde fuera que pudiera ganar momentos con los suyos. Regalaba una amistad incondicional que querría haber disfrutado toda la vida.
La línea entre persona y periodista era mínima. Decía que su trabajo era su vida: escuchar y contar historias bonitas. Hacerlo como anfitriona de su ciudad, por la cultura y por las personas con finales felices. Con sus entrevistas llegó a todas las esquinas de Ourense. Fue ejemplo de cómo ejercer el oficio: con pasión y empatía. Yo la admiré cada día desde que tuve la suerte de sentarme en la mesa de la redacción enfrente de ella. Una de sus coletillas era que el amor mueve el mundo así que seguiremos moviéndonos con el que nos dejó. Nos quedamos con las manos llenas.