Escápate si quieres

María Doallo Freire
María Doallo EL LATIDO DE LA CIUDAD

OURENSE CIUDAD

En la Sala Valente se muestra actualmente la obra de Zapata
En la Sala Valente se muestra actualmente la obra de Zapata Palma Roca

De salir corriendo hacia la gente que quieres, de lugares para encontrarse y de A Coruña

19 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Escapar no significa necesariamente irse. A veces escapamos hacia algo o hacia alguien. Siempre he sido muy de quedarme, pero últimamente me he dado cuenta que también necesito escapar. Y tanto que lo hago. Lo que pasa es que en mi caso ese huir se traduce en salir corriendo hacia la gente que quiero. Supongo que ahí encuentro un buen escondite. De hecho, mis amigos y yo hemos corrido ya varias veces los unos hacia los otros. Es una suerte encontrarles siempre. Esto me pareció un buen tema para empezar reflexionando. Sé que habrá muchos que prefieran escaparse solos. También lo he probado. La ciudad tiene varias opciones para ello, aunque cada vez son menos gracias a la exquisita gestión cultural de Ourense. Porque sí, muchas de las salidas más eficaces para el desastre están relacionadas con la cultura. Eso aquí y en el mundo entero. Una de ellas es la Sala Valente. Fui unas diez veces a ver la exposición Time lapse de Xan Padrón. No sé por qué ver a gente sencillamente siendo en distintas ciudades del mundo, con sus vidas repletas de circunstancias profundas y también elementales, me tranquilizaba muchísimo. Ahora hay una colección buenísima de Zapata, a la que me escapé hace unos días y de la que no me quise ir porque me recuerda a mi padre. A su sentido del humor, al arraigo a sus amigos y al amor por el rural, que es su mundo. Mi escondite favorito de Ourense era hasta hoy inconfesable: el mirador de Velle. No sé a cuántas parejas he espantado de allí en los últimos años. Lo siento (aunque no mucho, la verdad). Voy a leer, a escribir, a mirar al cielo, a escucharme... un poco a todo y a nada. No es idílico, pero es muy mío y la verdad es que me da igual volver al coche con los dedos congelados. El final del invierno es su mejor momento porque está rodeado de mimosas. Cuando es demasiado de noche me voy al cine. Y, lamentablemente por lo que supone para el sector, allí también estoy sola casi siempre, algo que egoístamente me encanta. Os animo y os pido que no dejéis morir las salas. Podéis hacerlo viendo Belfast, El método Williams o El callejón de las almas perdidas; en ese orden. Otro perfecto escondite es Mur Marxinal, un lugar perfecto para ir sola (o acompañada). He desayunado, comido y merendado mil veces su tosta de aguacate y queso Amalia y es una rabia porque Helder cocina impresionante y sé que debería probarlo todo allí. Tengo que ir en breve a comprar cosas para la nueva casa pero, sobre todo, y cuanto antes, para disfrutar de Vidal y Bangura, cuyo arte es tan loco y divertido como ellos.

En otro tipo de escapada, el finde me fui a Coruña. En un tren en el que apenas me dio tiempo a avanzar en el nuevo libro de Xoán Tallón. Estuvimos en el Rosalía viendo al ourensano Jorge Varandela sobrarse de talento, de energía y de transparencia en Rif (de piojos y gas mostaza). Alucinamos y nos cuestionamos muchas cosas atendiendo a una historia que habla de una guerra injusta y cruel —como todas, pero más evidente—. Comimos en María Pita y pasamos la tarde en una terraza en mitad del puerto —literalmente— y rodeados de mar y barquitos, en un bar que me cautivó por completo: el Nemo. Con buenos amigos y un precioso atardecer brindamos por el goya de Chechu —ya lo dije—. Por eso que hay muchas formas de escapar, pero quizá lo importante sea tener claro de qué nos estamos yendo.

La vida que da el comercio

María Doallo

El otro día estuve en una tienda de bricolaje (y de todo), que se está convirtiendo en una habitación supletoria de mi nueva casa, porque paso más tiempo allí que en ella. Ese y Zara Home, ID Showroom o Brioenflor son algunos de los establecimientos que no paro de visitar en las últimas semanas. Y tengo que admitir que mi vida es mucho más fácil gracias a la ayuda, la paciencia y el cariño con el que trabajan sus empleados. Mientras estaba allí, agobiada y bastante perdida, porque el sitio es básicamente enorme, uno de los trabajadores me tendió su ayuda con una reluciente sonrisa dibujada en los ojos. Me ayudó a poner tres vistos en mi lista de cosas pendientes en el piso —cada semana se suma alguna nueva «necesidad imperial»—. Lo hizo rápido, fácil y sin perder la alegría. Creo que esto es lo que más valoro del comercio de nuestra ciudad: la cercanía. De eso mismo hablaba hace unos días con algunas de las asociadas de Comercio Vivo Ourense, que han puesto en marcha una campaña para fomentar las compras locales de cara a San Valentín y regalan Satisfayers a las clientas más afortunadas —va por sorteo—. Comentábamos la tranquilidad que garantiza comprarle el ramito de flores a Ángela, el sofá a Thais o las uvas y la leche a Óscar, en el pequeño colmado que acaba de abrir debajo de mi nueva casa. A mí me da seguridad porque sé que si algo no va como me esperaba, tiene solución. Pero es que además, la propia adquisición, sea por necesidad o por vicio, se me hace una experiencia mucho más amena, humana e instructiva. Me encanta que me aconsejen y que me enseñen aspectos de su trabajo que yo desconocía por completo; que me ahorren la búsqueda en Google y que aún encima apliquen la empatía. Da igual que sean Bea y Marta de Utopía o Lola y Chus de Zara. Cualquier negocio que esté arraigado a las calles de esta ciudad se encarga, sin pretenderlo, de darle vida, de hacerla dinámica y también bonita, activa y alegre. Fue la pandemia la que me sacudió de golpe con la idea de que la actividad comercial se podía parar y eché tanto de menos a la gente que la hace posible que ahora no puedo más que devolverles el favor de estar cada día haciendo cuentas para seguir ahí, al pie del cañón, con sus sueños, en forma de pequeños negocios, en marcha.

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