José Ramón Seara: «Las aguas termales son una forma amable de ver que el planeta está vivo»

Pablo Varela Varela
pablo varela OURENSE / LA VOZ

OURENSE CIUDAD

José Ramón Seara es profesor en la Facultad de Ciencias del campus de Ourense
José Ramón Seara es profesor en la Facultad de Ciencias del campus de Ourense MIGUEL VILLAR

El profesor del campus de Ourense investiga desde hace años las surgencias existentes en la provincia

10 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El gran patrimonio de la provincia de Ourense brota desde el subsuelo y lo hace acompañado de historias orales que, con el tiempo, se han asentado en el imaginario popular. «Es que, como en cualquier sitio que hay aguas termales, tienen algún tipo de leyenda asociada», apunta José Ramón Seara Valero, profesor del área de Geodinámica Externa en la Facultad de Ciencias del campus de Ourense. En el caso de la ciudad, el eterno relato sobre un volcán dormido en las entrañas de Montealegre. Pero no, no hay magma acumulado bajo el parque botánico. Nada más lejos de la realidad. «Es cierto que en Galicia existió actividad volcánica, pero debemos remontarnos a muchos millones de años atrás», estima Seara.

El factor que explica por qué en Ourense brotan tesoros de la naturaleza como las aguas de As Burgas es la particularidad del gradiente térmico en el territorio. «Este flujo térmico muestra la variación de la temperatura con respecto a la profundidad», razona. En el caso de Galicia, explica Seara, «seguramente ese gradiente sea más alto, y en Ourense todavía más». Es decir, que bajo la ciudad, a unos dos kilómetros rumbo al interior de la Tierra, las aguas rondarían aproximadamente los 120 grados de temperatura.

Que luego reaparezcan en la superficie de espacios termales como las pozas de O Muíño y Outariz, por ejemplo, con valores más próximos a la mitad de esa cifra, tiene su explicación en el juego de presiones que hay bajo el suelo, debido a las fracturas de la roca. En Galicia predominan las de tipo granítico, que son impermeables y sin porosidad. Así que, cuando cae el agua de la lluvia, la opción viable de que se filtre es por las grietas y fisuras existentes. «La única circulación posible es a través de la fisuración. Las aguas termales están asociadas a fracturas, y lo que tenemos aquí son fallas que llevan el agua de lluvia en dirección a las profundidades, donde se calientan lo suficiente para, a continuación, ascender por otras fallas hasta llegar a la superficie», ilustra el profesor del campus de Ourense.