Mansos, sumisos y vencidos


Somos un país ejemplar. O, quizá, todo lo contrario. Un país ejemplar a pesar de que los informativos de Madrid abran noticiarios con incumplimientos y jarana y fiestas ilegales. Ejemplar porque hace un año nos metieron en casa. Y en casa nos quedamos. No solo en las ciudades. También en aldeas de seis o siete vecinos, aterrorizados, que no se atrevían a salir ni al portal. También te podían pillar a ti solo con tu perro en medio del monte y, como eras un peligro público, sancionarte. Un país ejemplar que vive meses bajo estado de alarma, siendo anulados los derechos elementales de la ciudadanía, y que ni siquiera se ha atrevido a alzar la voz contra el absurdo: uno de Ourense no puede ir a Puebla de Sanabria, sin embargo miles de turistas sí pueden llegar y pasearse por Mallorca, Madrid, Santiago y también Ourense. Un país ejemplar que al otro lado, en la orilla de los que mandan, tiene a la peor generación de políticos de la historia reciente de España. Un país ejemplar sin dirección ni criterio unívoco. Y yo ya no puedo soportarlo un segundo más. Ese es el verbo y este el adjetivo de esta España degradada: insoportable.

En Alemania, en Francia, Holanda, los ciudadanos no cargan con la herencia que nosotros sí cargamos y que remató, por fortuna, en 1975. Quizá por ello se han echado masivamente a la calle, hartos de restricciones. Son democracias veteranas, donde los derechos humanos (empezando por la libertad) se respetan y veneran. Aquí hasta soportamos a un ministro del Interior que no tiene el coraje de dimitir después de una sentencia demoledora contra él y contra Moncloa. Y no pasa nada. Tampoco pasa nada si el que pilota el asunto este de la pandemia se equivoca una y otra vez. Los mamporreros del Gobierno lo convierten en símbolo de los buenos y azote de los malos: la derecha facinerosa, engurtelada y adepta al general ferrolano. Sería impensable, en las democracias que cité arriba, que Simón o Marlaska continuasen en sus puestos. Pero esto es España. La España de la mascarilla que no hay que poner, que después sí hay que poner hasta tomando el sol, y más tarde que no, que no es para tanto. El pasado lunes un amigo me enviaba un vídeo de la hermosa playa de A Lanzada a primera hora de la mañana. Cuatro personas en toda su vasta extensión. Unos a cien metros de los otros. ¡Y todos con mascarilla!

Nuestros derechos han sido vapuleados de tal manera durante esta pandemia que tardaremos en recuperarnos. Pero pocos cuestionan esta realidad. Más bien lo contrario. Cualquier disidente es sospechoso de ser insolidario y antidemócrata. Y más ahora, cuando Sánchez ya promete la quita del estado de alarma el 9 de mayo: sin haber preparado, y tiempo ha tenido, un marco jurídico alternativo. Se lava las manos, como Herodes. Lo de Sánchez son las urnas (de ahí el anuncio de la quita). Ese es su juego y único interés. Nos ha convertido en mansos, sumisos y vencidos. Un país ejemplar.

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