Adiós a un cura «bonachón» que falleció mientras participaba en un viacrucis en la parroquia de Fátima

Baños de Molgas despidió a un sacerdote de cuya ordenación se cumplían cincuenta años en este 2021


La Voz

Manuel García Paje, sacerdote ourensano que desarrolló su misión en Lugo, pero que desde que se retiró estaba adscrito a la diócesis de Ourense, falleció el viernes a los 83 años de edad, un día después de su aniversario y en el mismo año en el que conmemoraba las bodas de oro de su ordenación sacerdotal. Murió, a causa de un infarto, mientras participaba en un viacrucis en la iglesia ourensana de Fátima, justo en la última estación.

García Paje nació en la localidad de Poedo, en Baños de Molgas. Fue monje en el monasterio de Oseira, en Cea, donde estuvo varios años hasta que partió a otro de Burgos, donde se ordenó. Llegó a la diócesis de Mondoñedo-Ferrol cuando el ourensano Miguel Ángel Araújo era obispo. Fue durante varios años sacerdote en varias parroquias cercanas a Mondoñedo y seguidamente lo destinaron a Pontenova, también  al norte de Lugo, donde terminó su vida sacerdotal hace siete años tras atender a los fieles de las parroquias del Sagrado Corazón de A Pontenova, de Conforto, Vilameá, Vilaboa, Vilaermide, Bogo y Rececende. «Era un hombre muy cercano a la gente», afirma César González Fernández, sacerdote de Fátima. «Hemos recibido muchos mensajes de gente de esas parroquias que nos dicen que era muy sencillo, muy humano, cordial, acogedor. Típico cura de pueblo bonachón. Así era su carácter», afirma César González.

Manuel García Paje fue rector del santuario de Conforto, un lugar importante de peregrinación, con grandes romerías. «Tenía aquello muy cuidado y creció mucho la devoción a su virgen durante los años que estuvo allí», relata González.  También fue un hombre de investigación y escribió un libro de referencia sobre la historia y la arquitectura del santuario de Conforto.

Hace siete años se jubiló y regresó a Ourense. «Durante la pandemia se dedicó a la investigación sobre las casas, la arquitectura popular y las familias del pueblo de Poedo», recuerda César González. Horas antes de su muerte había estado en esta localidad repartiendo esos libros entre sus vecinos.«Alguna vez había ido con él para hacer fotografías de su pueblo y la gente le daba muchas muestras de cariño y agradecimiento. Nos ayudaba mucho en la parroquia en la eucaristía, en las procesiones. Siempre dispuesto a echar una mano», destaca el párroco de Fátima.

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