¿Es este el mejor cruasán de Ourense?

La especialidad de la confitería Anduriña son los de mantequilla, que pueden degustarse en un gran número de cafeterías de la ciudad

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Así preparan en la confitería Anduriña sus cruasanes de mantequilla El pastelero Breo Esperanza muestra cómo elaboran el dulce que más se agota en las cafeterías ourensanas

Ourense

Para la inmensa mayoría de la ciudad, los cruasanes de Anduriña son los mejores y ni siquiera saben que soy de ahí. Esta confitería ourensana, con veinte años de trayectoria a sus espaldas, se encarga de surtir la bollería a un puñado enorme de cafeterías de la ciudad. El Cabanillas, el Latino, Mur Marxinal, el Lío, Niza, Montgre, Alameda... son solo unos cuántos ejemplos de sitios en los que poder degustar, de buena mañana porque se acaban, los cruasanes de mantequilla más ricos que hay. «Somos los únicos de Ourense que los hacemos caseros y la clave está en dedicarles tiempo y hacerlos de forma totalmente artesanal», dice Arturo Prado, propietario de la confitería desde el año 2000. La masa de sus cruasanes lleva integrada mantequilla pura. Una vez que le dan forma, la dejan reposar en frío doce horas y luego otras seis en calor para que fermente. El resultado es un bollito brillante, con doce capas crujientes de placer y un interior alveolado. Todo el que los prueba, repite, porque son irresistibles, ligeros y un poco adictivos. «Al final los dulces no dejan de simbolizar una alegría, un toque de felicidad, y hoy eso nos hace más falta que nunca», apunta Esther Argibay, mujer de Arturo y la otra mitad del negocio.

En Anduriña ponen en práctica la tradición y la artesanía de su oficio. Desde las cuatro de la madrugada mezclan, amasan, confitan y tuestan para que el resultado sea siempre el mejor. No solo cruasanes, también jesuitas, larpeiras, rosquillas, cocos, magdalenas, borrachos, panetones, bicas de nata, tartas o napolitanas, entre infinidad de opciones dulces. «Tenemos los clásicos, pero también intentamos estar a la última en postres e improvisamos nuestras propias versiones de algunos otros», dice Arturo. Precisamente con la improvisación tiene mucho que ver su historia. Este ourensano trabajaba con su padre en la construcción y un amigo, Miguel de la Pastelería Domínguez, le pidió ayuda para realizar los repartos. «Al acabar me quedaba hipnotizado mirando lo que hacían. Un buen día surgió la oportunidad porque un pastelero se fue y mi amigo me enseñó todo lo que sabía», recuerda. Arturo se formó a base de observar y de practicar. Cuando Domínguez cerró, él y un compañero panadero abrieron Casablanca, en Marcelo Macías. Años después se independizó a solo pastelería sin tan siquiera moverse de calle. Ahí ya tenía a Esther a su lado, madrugando y amasando. Justo antes del confinamiento adquirían el local en el que están ahora, en el número 7 de la carretera de Rairo. «Tiene un enorme horno de panadería, así que no hemos podido evitar volver a hacer pan y empanadas», acepta el pastelero. Su equipo lo completan Martín Cousido y Breo Esperanza. Con ellos tratan de sobrevivir a esta crisis que ha provocado el covid-19, sin perder la ilusión ni la dulzura, claro. ¡Qué aproveche!

El pastelero moderno

Sus bisabuelos tenían una pastelería en Celanova. Con ella continuaron sus tíos años más tarde. Desde niño supo que lo suyo era mancharse las manos y plasmar toda su creatividad en composiciones dulces. En su caso esas manos están totalmente tatuadas, igual que sus brazos. Breo Esperanza (Celanova, 1986) empezó a trabajar en la confitería Anduriña hace siete años, justo al día siguiente de terminar el ciclo de pastelería en Vilamarín y si algo tiene claro todavía hoy es lo mucho que le divierte su trabajo. También le gusta ir a festivales, escuchar a The Brains o cocinar comidas típicas de lugares remotos. Vive con intensidad cada aspecto de su vida y hasta se atreve a hacer de modelo si es preciso. Lo hizo para la colección de faldas de la marca ourensana Salsa Gaucha, sin vergüenza y sin dejar de reír. Tan natural como sus dulces. «Eu son un bicho sociable. Encántame coñecer xente e atreverme a facer de todo. É a maneira de crecer», dice.

No lo pretende, pero este pastelero rompe cualquier estereotipo y resulta la combinación perfecta entre modernidad y tradición. «Ao final sinto que estamos nun momento no que a modernidade é a volta ás raíces dos oficios, a facer as cousas de verdade, con materias primas nobres e con moito cariño», explica, mientras la barba de cuatro centímetros que luce se asoma por debajo de su mascarilla. Dice que lo que más le gusta de su trabajo es la evolución y los cambios que va experimentando: «Sempre digo ata morrer, aprender. Penso que se te involucras e te implicas realmente no oficio é un mundo aparte, con moitas ramificacións e cousas que descubrir de forma constante. Alucíname que sexa así». Valora la importancia de lo clásico, de lo de toda la vida, pero no le cuesta arriesgarse con dulces nuevos y diferentes con los que sorprender a sus clientes. Admite que en su faceta más personal le encanta no medir las consecuencias y vivir al límite, todo lo contrario de lo que aplica en la cocina: «No traballo mido todo». Le gustaría abrir su propio negocio, un espacio dedicado a las sobremesas en el que los clientes puedan sentarse a disfrutar de los dulce. Sin duda, lo conseguirá.

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