«Disimulo muy mal»

Myriam Vázquez dirige junto a su hermano el grupo de bodegas al que pertenece Rectoral de Amandi


Myriam Vázquez (Ourense, 1970) codirige un grupo que vende cada año desde Galicia unos 20 millones de botellas de vino por todo el mundo, un dato que vale por toda una presentación. Añadan sencillez, simpatía, determinación y que es hija de su padre (Manolo Arnoya, presente en toda la conversación) y tendrán un retrato a grandes rasgos de una reina del vino.

-Este año ha cumplido 50.

-Pues sí, el 2020 trae de todo, ja, ja.

-¿Cómo lo celebró?

-Yo cumplo años dos días antes del aniversario de la muerte de mi padre, así que si mis cumpleaños ya no me gustaban mucho pues ahora menos. Pero como los 50 hay que celebrarlos, aproveché para que mi hija hiciera la comunión y lo juntamos todo.

-¿Cuántos hijos tiene?

-Una, de 8 años. Hicimos ahora un vino de Ribeira Sacra con su nombre: Matilda Nieves.

-Ya la ha metido en el negocio.

-No me gusta que los padres marquemos tanto a los hijos. Lo que pretendo es que lo vea como algo para disfrutar, no que se tenga que dedicar a esto.

-Usted sí lo hizo.

-Esta es una empresa muy familiar. Menos mi marido, estamos todos involucrados. En el negocio estamos mi hermano y yo. Mi cuñada y mi madre, que está como en segunda fila, también participan. Yo creo que mi padre, como mi hermano era mayor, se sintió tranquilo en el sentido de que pensaba que ya tenía el relevo. Y a mí me dejó volar por libre. Ya siendo abogada un día me llamó y me dijo: «Mira, para que te estén puteando, mejor que seamos los de casa», ja, ja. Y me incorporé al negocio familiar, hace ya 20 años.

-Me está recordando a «Falcon Crest» y aquella serie de Concha Velasco...

-Lazos de sangre.

-¡Eso! ¿Son las bodegas un escenario propicio para estos novelones familiares?

-Es porque el sector del vino tiene una parte muy emocional. No es como tener una fábrica de tornillos.

-¿Sigue siendo el vino un mundo de hombres?

-Ya no es tan extraño ver mujeres en este negocio, aunque más en la parte técnica. A nivel nacional, los órganos de dirección del sector del vino, siguen siendo masculinos. Aunque ya no es lo de antes. Yo recuerdo al principio, cuando iba con algún compañero a trabajar por ahí, me tomaban por la secretaria. Me decían: «Toma nota ahí, neniña».

-¿Echa de menos el trabajo de abogada?

-No, me gusta mucho más este. Soy muy apasionada de este mundo.

-Lo único que le pido es que no me diga lo que me dicen todos: «Lo mejor del vino es compartirlo».

-Ja, ja. Yo le diré otra cosa: en este sector nos hemos puesto tan estupendos que parece que para tomar un vino y disfrutarlo tienes que ser un sumiller de aquí te espero. Creo que las bodegas nos hemos equivocado porque yo no tengo que decirle a nadie cómo debe disfrutar un vino. En ese sentido, la cerveza se ha metido de lleno en cualquier celebración porque no le damos tanta parafernalia. Nos hemos pasado de frenada. El vino es para disfrutarlo, sepas mucho o sepas poco.

-¿Cuál es el más sofisticado que ha tomado?

-Alguno de los que guardaba mi padre en su bodega. Los abría de vez en cuando y decía: «Vamos a abrir este, a ver qué nos encontramos».

-¿Cuando era pequeña, qué quería ser de mayor?

-Yo no quería trabajar en el negocio familiar. Quería ser veterinaria o bióloga. Mi padre me dejaba hablar y cuando tuve 15 o 16 años me dijo: «¿Bióloga, bióloga? Tú lo que tienes que hacer es Derecho». Y fue lo que hice, ja, ja.

-¿Era traviesa de niña?

-Mi madre cuenta que no. Incluso una vez que oyeron un ruido era yo que me había caído y estaba intentando volver a la cuna. Es una imagen penosa. Aunque luego me hice una adolescente petardísima.

-¿Celta o Dépor?

-Aquí tengo el corazón dividido. Tengo familia en A Coruña y en Vigo. Quizás un poco más del Dépor, por los recuerdos del equipo de Arsenio.

-¿Cómo diría que es usted en cuatro palabras?

-Soy muy leal y también muy visceral; un poco controladora y de fiar.

-¿Sabe perder el tiempo?

-No me agobia no tener todo el día cubierto. Ahora he descubierto el running. Soy disfrutona del dolce far niente.

-¿Qué tal en la cocina?

-He aprendido bastante en el confinamiento.

-¡Cuántos cocineros ha revelado el confinamiento!

-¿A que sí? No todo ha sido negativo. Mi hija tiene un recuerdo muy agradable del confinamiento, porque los padres hemos pasado más tiempo con nuestros hijos y nos hemos redescubierto.

-¿Tiene un lugar favorito?

-Una pequeña cala en Monte Lourido.

-¿Qué diría que se le da mal?

-Disimular. Soy un poco zulú en la vida social.

-Una canción.

-Mi pequeño tesoro, de Presuntos Implicados.

-¿Qué es lo más importante en la vida?

-Tener la conciencia tranquila.

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