El matamoscas


El negro sobre negro de los montes de Ourense no engaña. Mientras la tierra se vacía, el fuego se hace fuerte. Días atrás, el incendio de Cualedro volvió a llamar a las puertas de las casas. A veces se queda ahí. Timbra y se va, como si hubiese llegado únicamente para avisar de que sigue presente, como todo buen vecino.

Y es cierto, está desde tiempos inmemoriales, acompañando al hombre. Pero más allá de las manos siniestras que prenden la mecha sin compasión, en Galicia, la tierra donde mover los marcos un centímetro en la dirección equivocada es casi que una declaración de guerra, la limpieza de caminos y fincas sigue sin padres. En algunos casos, dicen, ya han fallecido.

Benigno, que reside en la parroquia de San Cristovo, en Monterrei, agitaba hace unos días su matamoscas como si por un momento estuviese pensando en barrer de un plumazo la maleza de una parcela que hay frente a su casa. Si por allí pasó en algún momento una desbrozadora, sin duda fue hace mucho tiempo. Como otros amigos de la comarca, Benigno vivió en Alemania más de diez años para disponer de un colchón, volver a casa y poder descansar en su pueblo de toda la vida.

La cuestión de la propiedad, sea en forma de ahorros o finca particular, no es menor en Galicia. El minifundismo ilustra un fenómeno vinculado a su pasado, pero que además dice mucho de la Galicia de ahora, donde hay huertas y parcelas dejadas a su suerte, sin rastro alguno de herederos. Y si los hay, mantenerlas vivas no siempre va con ellos. Y poseer, aunque a veces se interprete más como un capricho, quizá también sea una responsabilidad.

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