Que no vuelva a ocurrir

José R. Rodríguez TRIBUNA ABIERTA

OURENSE CIUDAD

Un pescador en Vadeo, tramo de Reza
Un pescador en Vadeo, tramo de Reza JOSÉ RAMÓN RODRÍGUEZ

02 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El pasado 26 de julio falleció ahogado, mientras pescaba en el Miño ourensano, en su tramo de pesca sin muerte, el pescador y abogado lalinense Luís Benjamín González Rodríguez. Al parecer, lo sorprendió un desembalse en la zona central del cauce del río -a la que había accedido con aguas bajas- y no pudo llegar a la orilla para ponerse a salvo.

Este tramo de pesca en modalidad de captura y suelta tiene una longitud de cuatro kilómetros y está situado aguas abajo de la central hidroeléctrica de Velle, por lo que es frecuentemente afectado por variaciones de caudal muy acusadas, que van desde los 30 metros cúbicos por segundo en su caudal mínimo hasta superar los 115 m3/s. como promedio en la época estival, con picos ocasionales que pueden llegar a los 360 m3/s., como sucedió el día del fallecimiento de Luís Benjamín.

En este tramo no hay zonas de baño propiamente dichas, pero al estar situado en una zona prácticamente urbana, muchos ciudadanos se bañan ocasionalmente en diferentes puntos, sobre todo frente a las termas que hay en sus riberas: las de A Chavasqueira y Outariz. Existen otros puntos de baño ocasionales, tanto en la margen derecha como en la izquierda. Uno de ellos, situado en la zona de Reza, es cada vez más usado por ciudadanos que llevan allí a bañarse a sus perros, y en ese mismo punto se baña con frecuencia una comunidad gitana: todos se meten en el agua en una pequeña playa de no más de veinte metros de larga. Las aguas en las que chapotean niños y mayores tienen una superficie de unos 160 metros cuadrados y están limitadas por una corriente bastante fuerte aun en condiciones de aguas bajas. La seguridad del tramo está garantizada por unos carteles puestos en puntos estratégicos, donde se advierte de que existen variaciones de caudal y cota. No hay ninguna otra clase de aviso.

En general, podríamos dividir este tramo en dos zonas, una mucho más segura que la otra. La primera -y más segura- iría desde el límite superior, en el puente del Ribeiriño, hasta la parte superior de la pequeña playa de Reza donde se baña la comunidad gitana. Es un tramo de aguas lentas y más bien profundas, donde cualquier persona que esté en el agua -sea pescador o no- puede ponerse a resguardo en la orilla con total seguridad en cuanto perciba que el caudal está subiendo.

La segunda zona, la menos segura, va desde la pequeña playa hasta el límite inferior del tramo, en la pasarela situada sobre el pozo del Moimún. Es una zona de aguas rápidas, con fondos de grava y canto rodado, donde con aguas bajas se forman múltiples islas. Muchas de ellas quedan cubiertas por los desembalses cuando se alcanzan los 120 m3/s., y las mayores están pobladas de salgueras y son permanentes… salvo en crecidas superiores a los 500 m3/s.

Los principales usuarios de las aguas de este tramo son los pescadores, que pescan generalmente en vadeo, o sea, metidos en el cauce del río. Con aguas bajas, buscan los pasos por donde se puede vadear hasta las posturas más querenciosas de las truchas.

En las principales zonas de acceso de los pescadores están colocados carteles que advierten de que se trata de un tramo de pesca en captura y suelta -no se pueden matar los peces-, y cerca de ellos están los que advierten de las variaciones de caudal y cota; pero una vez dentro del río, el pescador queda en manos de su propia prudencia y de su sensibilidad para apreciar si el caudal está subiendo, y con qué velocidad lo hace. Puede utilizar señales directas, como la visión de la forma del menisco del agua en alguna piedra emergente de referencia -estas son las más seguras porque en ellas se pueden apreciar subidas muy leves-, el borde nítido del agua en las rocas de la orilla de enfrente, o la presión del agua sobre sus piernas si pesca en vadeo. Hay una señal indirecta que suele ser muy eficaz: si los peces se activan de pronto y empiezan a picar cuando antes no lo hacían, el pescador debe buscar inmediatamente una señal directa para asegurarse de que el caudal no empieza a subir, pues los peces suelen activarse brevemente cuando el caudal comienza a subir… y dejan de estar activos cuando empieza a bajar.

Obviamente, suelen ser los pescadores los que están más atentos a los posibles desembalses, pero la atención humana es selectiva y tanto pescadores -concentrados en su arte- como los no pescadores -chapoteando y disfrutando del agua-, pueden olvidar los carteles de aviso y llegar a percibir la crecida cuando ya es tarde. Es por ello que esos carteles parecen a todas luces insuficientes, y deberían de ser reforzados por algún otro tipo de señal, quizá acústica, en forma de sirenas o advertencias verbales cada vez que vaya a producirse un desembalse.