Aprender a nadar


Odiar a todo el mundo fue fácil durante un tiempo. Supongo que más sencillo, si cabe, que odiarme a mí. Tú lo sabes bien. Es lo que tienen las ciudades pequeñas, nada pasa desapercibido y los juicios ignorantes ganan

en popularidad sin pensar ni por un segundo en consecuencias ni resultados. El bien y el mal se enmarañan. No importan quebrantos ni influencias. Puede ser, también, que odiar es gratis.

Yo odiaba a todo el mundo porque no sabía nadar. Me odiaba a mí mismo, con el tipo de odio que uno puede reunir a los 8 años. El odio precoz, inofensivo. Aquel verano mi madre tenía ese color especial que solo las embarazadas transmiten. Que solo ellas y nadie más que ellas tienen. Nos dirigíamos en coche a Untes, un pueblo de pocas casas donde uno encontraba todo lo necesario: un restaurante especializado en anguilas, un after de música latina o una tienda bar. Que es probable también actuase como estanco.

Un poco más delante de la última vivienda, un desvío a mano derecha -o izquierda, hasta el onanismo no fui capaz de distinguirlas del todo- un merendero de mesas de piedra inamovibles servía como lugar óptimo para comer.

Unas fiambreras con tortilla, pimientos de esos grandes y para mí un bistec rebozado, que se había convertido en mi dieta por propia elección. En un bistec rebozado encontré la felicidad durante muchos días de mi infancia. Tras la hora utópica e inútil de digestión seguimos el desvío un par de kilómetros más. Y allí, en mitad de la nada, y rodeada con un plan perfecto de forestación, estaba una enorme

piscina forrada en cada uno de sus cuatro lados por adoquines de piedra, de esos con los que hacen las calles. Tu calle.

Era una piscina de ICONA, donde los helicópteros se abastecen de agua si necesitan transportarla. Yo seguía odiando a todo el mundo por mi ineptitud autoinmune ante la posibilidad de flotar dentro de una masa de agua, pero seguía, como espectador de lujo, llevando bañador a las

piscinas.

De pronto mi hermano mayor, casi a traición, me empujó adusto al agua.

Hundido con los ojos cerrados y apretando con fuerza braceé encolerizado. Como si me fuese a morir. Creía que iba a morir allí, sumergido. Y así, con la rabia contenida esparcida por toda la piscina, salí a flote por cuenta propia. Llegué a la orilla a duras penas. Pisé la hierba seca por el calor desalmado de agosto y volví a

tirarme al agua. La tarde se convirtió en un ir y venir a la piscina como si alguien me hubiese puesto en bucle. Mi madre, gorda y hermosa a partes iguales, solo metió los pies. Fue apenas un segundo. Nos

ordenó salir apresurada, y con esa rapidez exclusiva y maternal, recogió todo en un santiamén y nos fuimos de allí.

Una vez en el coche mi padre nos contó que la piscina estaba llena de tritones que nadaban justo por debajo de nuestros pies. Que nunca íbamos a volver.

Lloré durante los tres días siguientes. «Déjame ir a junto los bichos mamá, solo allí sé nadar».

Y el odio se me agotó para siempre.

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