Ourense para los ourensanos

«A las nueve los párpados se me abrieron firmes por su cuenta, como si ya no quisiesen dormir más». Así comienza la columna de esta semana de Pedrouzo

Obras de adaptación a la alta velocidad del trazado ferroviario urbano de Ourense
Obras de adaptación a la alta velocidad del trazado ferroviario urbano de Ourense

A las nueve los párpados se me abrieron firmes por su cuenta, como si ya no quisiesen dormir más.

Sucede a veces que la inercia nos puede más allá de lo racional. Yo no había pegado ojo esa noche, pero ellos decidieron su propia verdad.

La verdad, que puede convertirse en un gran recurso.

Conozco pocas verdades inexpugnables con aceptación universal: si hay un camión aparcado fuera se come bien, después de la tormenta viene la calma -aunque a veces tú llegues antes- o, por mucho que me empeñe, la sed se sacia con agua y no con cerveza.

Que la rutina, déspota hasta el final en su actitud, te despierta cada día a la misma hora.

Pero mi verdad universal a las nueve de aquella mañana fue el convencimiento férreo y casi incuestionable de vivir en el centro del mundo.

Volteé la idea en mi cabeza durante los tres minutos en que uno toma la decisión de levantarse de la cama. Recordé que Luis, un tipo joven de edad avanzada que suele escaparse del trabajo para el café, afirmaba no hace mucho nuestra, casi, condición de raza mayoritaria.

En porcentajes saldría ganador.

Me sedujo sin mucho esfuerzo -aunque encandilar a un tipo de pueblo como yo no tenga mérito ni condecoración- con pocas palabras de efectividad insultante. Haciendo hincapié en los dos millones de ourensanos repartidos sin coherencia alguna y de manera aleatoria por la tierra.

Teoría insolente con regusto a orgullo y victoria.

A las nueve de la mañana cogí un viejo atlas que uso como sostén para los libros que sí leo. Por si Google me engaña, por si tengo aceptar cookies, porque al papel siempre le guardaré ese respeto extraño que uno siente por lo añejo.

Seguía en su sitio, en las páginas que unen con grapas principio y final de los libros, un mapamundi postergado en tonos pastel. Y Ourense allí, pequeñito agazapado justo en el centro.

Me puse uno de esos disfraces cotidianos que guardo en el armario y salí a la calle levantando leve la barbilla, poniéndola justo en ese sitio donde conviven armonía y desfachatez.

«¡Vivimos en el centro del mundo!», quise gritar casi enarbolado por las calles.

Pero todas las mismas caras de los mismos días boicoteaban sin saberlo toda aquella nueva verdad que ya no resultaba disparatada con su conformismo provinciano, el mismo que me asalta cada viernes.

Estar en el centro del mundo con una sensación asfixiante de sectarismo casual más allá de A Gudiña, de Avión. El centro del mundo, donde es probable que nunca llegue el AVE.

Ourense como diáspora universal, como capital mundial aunque solo sea por una casualidad demográfica que la mayoría se pasan de largo por no saber. Y noté de pronto como aquel antiguo mapamundi me miraba alentador, con el ánimo mudo del consuelo.

Pensé que quizás mi ciudad, nuestra ciudad, esté hecha de manera involuntaria solo para nosotros. Que somos el centro del mundo, sí, pero que en realidad nadie lo sabe.

Que quizás siempre vaya a ser así: Ourense para los ourensanos.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Ourense

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Ourense para los ourensanos