Próxima estación: abrazos en Ourense

Reencuentros por el día de Nochebuena en los andenes: «Lo único que deseas es poder estar aquí»


ourense / la voz

Apoyado sobre la barandilla que divide el andén principal del pasillo de salidas de la estación de tren, miraba a lo lejos Antonio González. En el tren de las 13.45 llegaba María Dolores, su mujer. Los dos, de 66 años, están jubilados tras media vida en Madrid y un retiro voluntario posterior en una casa en Gomesende, donde pasarán juntos la Navidad.

«Ella fue unos días a ver allí a su familia», explica Antonio. Él aboga por la calma del rural en detrimento del jaleo en la ciudad. «Allí es todo contaminación y ruido», añade. Regentaron durante un tiempo un bar cerca de Las Ventas, pero el anhelo de volver a casa llamó a su puerta. Quizá por la necesidad de la calma o porque las generaciones de hoy va más deprisa, María Dolores no echa de menos la celeridad de un AVE que todavía no ha llegado a Galicia. «Estoy contenta de estar aquí, e incluso cuando hay algún retraso sigue siendo un viaje maravilloso», dice.

María Dolores sonreía al llegar, porque después de tantos años también ha interiorizado el cariño a la «terriña». «En Madrid hay más follón y quizá más ambiente», explicaba. Ambos valoran, eso sí, la tranquilidad de no hacer frente a aglomeraciones ni en la calle ni en espacios comerciales. Y Antonio, que aludía a la morriña como el principal motor de su regreso, ponía como ejemplo la saturación de la Gran Vía con cierta cara de agobio.

El beso de Rubén y Maxi

Resguardado del frío en la sala de espera de la estación aguardaba Maximino Edia. Fue policía y su testigo lo tomó su hijo Rubén, que trabaja en la capital desde hace once años, en el distrito de Tetuán. Aún así, Rubén sigue con un pie en casa pese a la distancia. Y no es únicamente por su familia. Su pareja trabaja como maestra en Verín y vive en Ourense, así que él sigue a medio camino entre Galicia y la Meseta, con el tren como compañero habitual de vida.

«Trabajo seis días seguidos en Madrid y luego intento venir otros cinco consecutivos aquí, así que lo llevo bien», decía Rubén al llegar. Con todo, pese a que el contacto es casi permanente, el beso en la mejilla de padre a hijo al verse las caras reflejaba la alegría de poder compartir juntos estas fechas.

No todo el mundo se detenía en Ourense. Pese a que los trenes desde Madrid venían completos, los empleados de la estación recalcan que la mayoría de pasajeros suelen llegar en el penúltimo tren, tras la hora de cenar.

«Outras veces hai máis xente agardando aquí», añadía Maximino antes de marcharse en dirección al coche. A él le gusta que su hijo vuelva en tren en vez de en coche. «Se traes o teu, entre gasolina, peaxes e algún gasto máis, a viaxe vaise ós 100 euros». No tren podes gastar uns 70», decía. Pero Maxi no valora únicamente el factor económico, sino la tranquilidad. «Co tema de compartir o coche non o teño claro, porque nunca sabes con quen che pode tocar», indicaba.

Al final, todos aludían al placer de pisar tierra conocida. Y Rubén, que al contrario de Antonio y María Dolores, vuelve a estar casi de paso en un trayecto fugaz, lo resumía: «Lo único que deseas es poder estar aquí».

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