La alta fidelidad de la tienda Peggy Records

El establecimiento de vinilos que regenta Carlos Álvarez en el centro de Ourense inició su andadura hace ya 30 años


Ourense / La Voz

«Cuando teníamos 18 años, en Ourense éramos cuatro mataos a los que nos gustaban los LP’s», dice Carlos Álvarez. El propietario de la tienda de vinilos Peggy Records es un hijo de la emigración al que The Beatles enganchó de por vida a la música. Todo comenzó en la ciudad alemana de Dortmund, donde trabajaban sus padres: «Cuando era bebé, me costaba comer si no me ponían determinadas canciones», cuenta. La fórmula era el She Loves You del cuarteto de Liverpool, que asoma entre el mausoleo de discos que está tras la caja en el local.

En Alemania, Carlos y sus amigos quedaban por las tardes en un parque para escuchar la radio y, con una grabadora, quedarse con las canciones del momento. Pero cuando volvió a Ourense en el 1977 siendo un adolescente, se encontró con que las emisoras locales no satisfacían su apetito. Hasta que llegó la movida y encontró su hueco en la tienda de discos Discorama, propiedad de Charly, el de Los Suaves. Cuando ésta echó el cierre, Carlos se lanzó con un socio a explorar ese mundo a su manera. «No había tiendas de esas características, con música global», expone.

De aquellos inicios en las galerías del parque de San Lázaro ha pasado tanto tiempo como nuevas ubicaciones. Se mudaron cuatro veces y su compañero, Luis, se quedó por el camino porque compatilizaba su pasión con otro trabajo. Y fue precisamente la ilusión la que sostuvo a Carlos en la lucha por mantener vivo el sello de Peggy en Ourense.

«Superamos los años del top manta, la primera crisis digital del año 2001 y nos fuimos adaptando a los gustos del cliente desde 2002», admite. Parece un caso de alta fidelidad, como escribía Nick Hornby. «Así de friki es este negocio», dice Carlos. Y hay quien le pide que jamás eche el cierre, como una joven extranjera que viene una vez al año y recientemente compró 60 discos.

Con todo, Carlos sopesa dar el salto al mundo de la venta por Internet. «Es más por equilibrar mi vida personal y profesional que por cuestiones económicas», dice.

Nuevos consumos de cultura

Pese a que este año se cumplieron treinta desde que Peggy Records subió por primera vez su verja, el ejercicio de supervivencia no ha sido fácil. Carlos estima que «las ventas en formato físico han menguado en torno a un 80 %», una circunstancia que tiene un vínculo con la desaparición del comprador medio. Los fieles se mantienen, resistiendo a la sociedad de los artistas efímeros. «La oferta es salvaje y cada cinco años aparecen nuevos fenómenos musicales que hacen olvidar casi inmediatamente a los que hubiese anteriormente», sostiene Carlos. En la conversación, cómo no, apareció la figura de Rosalía.

Junto a él, su hijo Martiño ordena deuvedés de segunda mano, otro de los nichos que exploró la tienda a inicios del nuevo milenio. Martiño creció escuchando Pearl Jam, y ahora se interesa por el hip hop. Pero el padre cuenta que su vástago no ha olvidado los ecos del grupo que nació en Seattle, así que, en cierta manera, ahí ha dejado una bonita herencia: «Cuando Martiño era un crío, saltaba sobre el sofá con muchas de sus canciones».

London Calling, una actitud

Lo que para Martiño fue en su momento Pearl Jam, para Carlos lo era The Clash. Pero la cultura musical, que ahora gira en torno a los ingresos generados por Youtube o Spotify, sigue cojeando en la lista de prioridades de los consumidores. Al menos, es la teoría que mantiene el dueño de Peggy Records: «La cultura se desprecia, porque a la hora de decidir en qué gastamos el dinero preferimos hacerlo en una noche de copas que en un disco al que le ponemos la pega de que es caro».

Carlos ve ciertas diferencias en este tipo de comportamiento entre los países del norte y el sur de Europa, aunque admite que el nivel de ingresos y las brechas sociales de una y otra región influyen en bastantes aspectos. Pero él sigue ahí, manteniendo su fe en que vendrán otros tiempos -distintos y quizá mejores- mientras sostiene entre sus manos un vinilo de carácter, el vinilo rebelde de London Calling, su tema fetiche.

El fotógrafo Miguel Villar, que se marchaba de la tienda en la que días atrás había comprado un disco del grupo británico Supertramp, explicó sin querer cómo se ha gestado esta imperecedera travesía de Peggy Records, tras cruzar la puerta del local en dirección a su motocicleta. «Yo soy un romántico», dijo en voz alta Miguel. Al igual que Carlos.

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