Lamento por un amigo


Nos dijeron que estaba irremediablemente sentenciado de muerte, y la noticia cayó sobre nosotros como un anticipado hachazo. Así que, sin demora, nos hemos acercado desde Ourense a Verín para verlo, acaso por última vez, y -sí- para abrazarlo. Es un hermosísimo, espléndido, chopo negro (populus nigra), ubicado en A Perguiza, topónimo que ya sugiere la delicia del lugar. Su envergadura (35 metros de altura, 6,09 metros de circunferencia en la base y 2 metros de diámetro) y su majestuoso porte lo convierten en un ejemplar sin igual en todo el valle verinés. Fue plantado con amor -pronto hará cuatro décadas- en el interior de la propiedad de unos viejos amigos: como una celebración de la vida, que justo por aquellos días tomaba nueva forma en una preciosa niña, y a quien no por casualidad pusieron por nombre Zoe (vida en griego). No hace mucho que avatares de la reordenación del territorio lo dejaron inerme fuera del recinto privado, en terreno común. Y ahora un plan urbanístico aprobado por la corporación municipal de Verín lo condena a desaparecer.

No somos ni políticos ni técnicos. Suponemos la legalidad de la medida adoptada, pero no deja de sorprendernos y alarmarnos. Ignoramos los asesoramientos medioambientales con que se ha contado, pero dicha decisión resulta paradójica al afectar a una Zona de Especial Protección de Valores Naturales. Según reza un cartel situado a pocos metros del árbol en cuestión, ese espacio por el alto interés de las comunidades que conserva, participa en el proyecto europeo Red Natura 2000, a fin de preservar la biodiversidad. A la vista de la amenaza inminente, casi parece una broma de mal gusto.

Que sepamos, la presencia de ese ejemplar único a nadie amenazaba. Y nos preguntamos, aún incrédulos, si los supuestos beneficios van a compensar la indudable pérdida. ¿No era posible conjugar el reciente proyecto con la conservación de lo que desde tan largo tiempo existía? Nos tememos que, una vez más, so capa de aparente modernización triunfe algo tan rancio como la insensibilidad ante la vida y la belleza. Probablemente, y como en otras tantas otras ocasiones, el pragmatismo, el rectilíneo espíritu de geometría, no deja espacio a la imprescindible finura de espíritu.

¿No contemplaremos ya la rotunda y benévola imagen de ese querido testigo silencioso -pero rumoroso- de tantas pláticas y a cuya sombra tanta vida ha discurrido? ¿No veremos más cómo el aire acaricia su fronda, ni cómo esta cae y se renueva, una y otra vez, al hilo de las estaciones? ¿Ni cómo se engalana con la luz del sol ni cómo lo platea la luna? ¿A quién apelaremos para que tal cosa no suceda? De llevarse a cabo la medida anunciada quedaría un hueco de irrepetible e irrecuperable vitalidad y hermosura a unos metros de la margen izquierda del Támega. ¿Llenarían ese vacío con cemento? ¿O, con césped artificial?

Valgan estas pocas palabras como expresión de gratitud a esa bella criatura amenazada de derribo. Y como manifestación de nuestro dolido desacuerdo y enérgica protesta ante lo que no puede parecernos sino un atropello.

Teresa Velasco, Ramón Cao y un grupo de amigos. 

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