Ser cobarde es una cuestión de supervivencia. Algunas veces. Por cobarde uno puede aborrecer las verbenas. También por su halo siniestro, su funesto olor a medio camino entre azúcar y alcohol, por los gritos que a lo lejos prometen que un camello te concederá el gran premio. El que nunca compensa. Ironías de lo cotidiano.

La verbena -porque la palabra fiesta aquí se advierte demasiado generosa- de Ourense solía concentrase en una calle. Toda una calle cerrada al tráfico, un lujo local, casi impertinente, pero valiente en su labor imposible de albergar una cantidad considerada de público selecto.

Nosotros, los jóvenes de casi 40 incapaces de despertar el instinto paternal adormecido en el fondo del pecho, dejamos de ir hace ya algún tiempo, cuando la coherencia nos enseñó lo que es cerca y lo que es lejos. Aquella calle se convirtió en lejos, y los 40 de pronto eran cerca.

Demasiado. Lo extraordinario avanzando por el asfalto.

Todo comenzaba con la perversa luz blanca de la churrería Lolita frente a la pista de baloncesto del barrio donde dos colas esperaban agitadas y pacientes. En una lo familiar se desesperaba por una ración insultante de churros. En la otra jugábamos a mentir sobre nuestra edad y, mientras el radio cassette gritaba por detrás canciones de órgano y cabra, apurábamos el paso hacia la iglesia, con nuestras cervezas tibias. Prohibidas y sanadoras. Un poco más adelante la caseta de tiro vendía balines presuntuosos a ingenuos tiradores confiados en acertar con su objetivo. Los cañones de las escopetas desviados y todos los palillos indemnes.

El engaño internacional, perenne de película de Buñuel. Y el reloj Casio que nunca cae. Más allá del escándalo categórico de la tómbola, deshacíamos la siniestra imagen de un perrito piloto bajo el girar hipnótico de una caravana operación salida en forma de tío vivo. Situado, como si de una burla casual se tratase, justo al lado de la salida N120. Donde ahora está el

juzgado, donde los niños sacudíamos volantes y manillares sin respuesta posible.

Otra vez la misma curva, la misma recta.

Eludíamos con destreza el acto suicida de subirse a las cadenas. Unos asientos colgantes y homicidas que alguien hacía girar imprudente enredando melenas, piernas y paz.

Aquel señor, el que daba vueltas a las cadenas, fue protagonista y culpable de todas y cada una de mis pesadillas. Más que el payaso de aquella película, más que tú. Y aunque dicen que la muerte nos convierte a todos iguales, fue por él que yo escogí ser distinto, quizás peor, pero vivo al menos. Así sometí al olvido y al abandono a aquella calle donde la verbena se apoderaba del carácter ingenuo y festivo que un día tuvo mi ciudad. Que yo mismo tuve. Desterramos al Saltamontes y las colchonetas esguinzadoras al olvido tembloroso del cobarde. Puede que algún día vuelva a aquella calle, quizás con mi sobrino, quizás él sea más valiente que yo aquellos días.

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Verbena