Dos grados más o menos de felicidad


Cuando en el resto de Galicia caía el sol a plomo el lunes, a las seis de la tarde, en la calle Alameda, camino de San Andrés, el viento (aquello era más que una brisilla) soplaba fresco, como un regalo. En la sombra de la calle de los hippies, se cuela la corriente que viene sabe dios de dónde, de Riego de Agua, de la calle Real, más lejos, del Orzán...

 El domingo por la tarde, después de sufrir este calor africano que tiene a todo el mundo con buena cara de verano, y a otros simplemente achicharrados, disfrutar de la sombra de los jardines de Méndez Núñez o tener que ponerse la chaqueta en el Obelisco provoca un placer pasmoso en esta especie en peligro de extinción que lleva mejor el frío que el calor.

Nos quejamos porque en el sur hace más calor, porque en esta ciudad en la que alguien abrió la puerta en todas las esquinas, los termómetros siempre marcan un par de grados menos de los que disfrutan nuestros vecinos. Ya no digamos de las otras rías, en las Baixas. O más bien se quejan otros, los de la cofradía de la felicidad son 30 grados a la sombra... porque los del club de la rebequita por si refresca firmaríamos: la felicidad son 24 grados. Uno menos, si me apuran. Por encima de esto, todo es el Valle de la Muerte.

No hay lugar mejor estos días que esas calles de la ciudad que enfilan al mar y en las que se cuela el aire, ese viento fresco que rebaja todo el año un par de grados el termómetro. No voy a decir que Rubine y su túnel del viento sea el paraíso (que también, según el día)..., pero no me nieguen que sentarse en una terraza sin sensación de ahogo es un lujo que en otros puntos del planeta (no tan lejanos) es imposible. Y en esta ciudad no hace falta que sean las ocho de la tarde para que pase esto, no: tan solo hay que buscar el punto adecuado y ahí está, una bajada brusca de las temperaturas que no se registra en ninguna previsión meteorológica pero que debería ser patrimonio inmaterial de la Humanidad, como el terraceo, el café solo con hielo y el disfrute permanente de las calles de los coruñeses, que con 5 grados más sería imposible para este gremio que nos desmadejamos en cuanto se le va la cabeza al termómetro y solo podemos sobrevivir en el portal de casa, la mejor invención del ser humano para casos de calor extremo antes de la llegada del aire acondicionado y los ventiladores de mano.

Mientras lean esto, habrá empezado a refrescar. Ya tendremos el paraguas preparado para mañana, y el abrigo para los 15 grados que nos traerá el final de la semana. Así que mientras tanto, benditas sean las rebequitas, las corrientes, las sombras, el Atlántico, el nordeste y el viento del Norte y toda su pandilla, y los 10 grados que nos separan de Ourense.

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