«La clase media de Ourense está tocada y se nota más con la crisis»

Los propietarios de la Joyería Espino cierran tras más de cuatro décadas de negocio


ourense / la voz

Cierra esta semana sus puertas. La joyería Espino, en la calle Santo Domingo de la capital, es uno de los tantos negocios familiares ourensanos que se habían visto abocados a abandonar su actividad comercial. Cándido Jesús Espino González aprendió el oficio desde abajo. Se formó, trabajó para otros profesionales y, cuando pudo, abrió su propio establecimiento donde ha trabajado cuatro décadas junto a su mujer, Elvira Martínez Salgado, y la hermana de esta Lucita, «el alma del comercio», dicen. Ahora, al frente, se encuentra una de sus hijas, Teresa Espino.

«Mi bisabuelo trabajaba en un taller de joyería de Santiago junto a Pedro Durán y otros. Mi padre estuvo con mi bisabuelo en Vigo y luego con mi abuelo en Ourense, donde empezó a trabajar en la joyería Ángel como jefe de taller. Mi abuelo, Luis Espino Cid, decidió establecerse en Ourense, en la praza da Madalena. Mi padre, Cándido, comenzó a trabajar con él, tenía 14 años, y se formó en dibujo para poder diseñar joyas. Cuando mi abuelo se quiso jubilar, mi padre se puso aquí, en Santo Domingo, en el año 1975», explica Teresa Espino, hija de Cándido y al frente de la joyería desde hace 22 años. Lo resumen para contar el trabajo y el tiempo que supuso para su familia echar a andar un negocio que está a punto de desaparecer.

Hace tiempo que las cosas se empezaron a torcer. Y, aunque no lo parezca, cerrar después de tantos años, generaciones y de poner corazón, no es una decisión fácil. Los tiempos, la crisis económica, la situación de ahogo de los autónomos y la falta de apoyo institucional han estado detrás. Teresa es clara: «Cerramos porque la clientela de mi padre fue clase media, gente de diverso poder económico. La clase media en Ourense está tocada y la crisis hace perder poder adquisitivo. La gente tiene otras prioridades en la vida. Y la joyería no es una de ellas».

Aseguran que esto no ocurre solo en negocios relacionados con el mundo de la joyería. Los oficios tradicionales están en peligro de extinción. En toda Galicia, pero en Ourense en mayor medida. «Cierra como otros muchos negocios. La joyería clásica bien hecha está poco valorada. Pero pasa en el sector del mueble, con las modistas... Los oficios desaparecen porque la gente invierte en otras cosas. Cambiaron también los hábitos de consumo», explica Elvira Martínez Salgado, la matriarca.

La madre, que ve la situación con distancia, añade: «Es cierto que en toda Galicia han cerrado y cierran joyerías, pero en Ourense hay muy poca industria. Aquí no hay gente joven. Hay familias con hijos en edad de trabajar pero muchos se tienen que ir. Es la pescadilla que se muerde la cola ¿Quién va a comprar aquí?».

La familia Espino Martínez tardó décadas en construir su modo de vida. Trabajo y pasión de décadas que esta semana cierra sus puertas. «Nos llevó mucho tiempo y esfuerzo hacer esto. Pero el cierre está muy meditado. Los clientes de toda la vida nos dicen que les da pena, pero no queda otra solución», explican. No tienen sucesores, algo que a lo mejor les hubiera obligado a mantener el negocio. Las nuevas generaciones de la familia se han formado en otros ámbitos y ya no están en Ourense. Han buscado su futuro en otras ciudades. «Una vez que se toma la decisión hay que ser consecuente. Cerraremos con pena, pero no somos solo nosotros, la situación es mala para muchos autónomos».

Sesenta empresas ourensanas se disolvieron en los primeros tres meses del año

«Liquidación por cierre», «Se traspasa»... ¿Cuántos carteles como estos ha visto en los últimos meses en las calles de la provincia? No solo ha ido descendiendo de forma considerable la creación de empresas en Ourense, sino que el número de sociedades que cierran sus puertas para disolverse crece cada año. Desde que empezó 2019, según los datos que maneja el Instituto Galego de Estadística (IGE), 58 empresas se han disuelto. En el 2018, en el mismo período, fueron 51; en el 2017, 48; y en el 2016, 28. Un aumento paulatino que se traduce en pérdidas de empleo, de la economía familiar y la huida de jóvenes a buscar nuevas oportunidades. Los pequeños autónomos siguen sangrando y su desaparición paulatina es ya una realidad que afecta a toda la sociedad.

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