«Voy a rezar todos los días para que puedan restaurar Notre Dame cuanto antes»

Irene Nogueira y José Taboada, que trabajaron durante cincuenta años en la iglesia hermanada con la catedral de París, lamentan los daños causados por el incendio


Ourense

«Voy a rezar todos los días para que puedan restaurarla cuanto antes. ¡Y que nosotros podamos volver a verla!», clama Irene Nogueira desde el salón de su casa, en O Carballiño, después de que las llamas asolaran la catedral de Notre Dame, en París. Ni ella ni su marido, José Taboada, pueden reprimir el temblor en la voz cuando les preguntan qué pensaron al ver las imágenes del templo cristiano ardiendo. «Sentimos algo de alivio cuando nos despertamos y supimos que los objetos de culto no se perdieron en el incendio. Estaban todos en el sótano. Nos han dicho que se salvaron el clavo, uno de los que sirvieron para crucificar a Jesús, y la corona de espinas» añade sin dejar de mirar el móvil que no para de sonar con mensajes.

«Nosotros estuvimos cincuenta años trabajando en la parroquia de Saint Germain des Prés como jefes de personal y muchos de los párrocos que pasaron por la iglesia terminaron después en la catedral de Notre Dame. Ambas están hermanadas y la relación es muy estrecha entre ellas. El padre Patrick Jacquin, que fue cura de la catedral, pasó antes por la abadía», relata sobre la comunión a la que llegan ambas iglesias. El templo en el que ellos vivieron y trabajaron durante medio siglo -que se dice pronto- presume de ser el más antiguo de la capital francesa. Data del siglo VI y es donde está enterrado Descartes. Pese a todo, Irene confiesa que no hay ningún templo cristiano que resulte tan atrayente como Notre Dame. «Estábamos en la calle cuando nos enteramos de que estaba envuelta en llamas. Sentí tanta pena que no te lo imaginas», confiesa entre lágrimas.

«Estábamos en la calle cuando nos enteramos de que estaba envuelta en llamas. Sentí tanta pena que no te lo imaginas»

Los recuerdos se le agolpan en los ojos y la garganta cuando le preguntan qué fue lo primero que le vino a la mente cuando encendió la televisión: «Nuestro Thierry». El relato entonces se retrotrae a un invierno, de los más fríos que vivieron en París, en el que un joven que acababa de salir de la cárcel se acercó hasta la catedral a pedir ropa y poder asearse. «Era alcohólico y conseguimos que durante diez años estuviera mejor. Alguna vez recaía, pero era muy trabajador. Al final logramos que colaborara en la abadía para ayudar a los monjes. Todo el mundo lo quería mucho porque era muy bueno. Yo siempre digo que fue la Virgen María la que lo envió a Notre Dame. Thierry era como de la familia e incluso lo trajimos a Galicia para celebrar su 30 cumpleaños», resume sobre la corta vida del joven. «Cuando sus malas compañías se enteraron de que había cobrado un dinero por su labor, se lo robaron y lo tiraron al río», lamenta con gran pesar. «El trabajo social que se hace desde la catedral de París es incalculable», ahonda.

Irene tenía 19 años cuando se fue con su marido al país fronterizo. Su idea inicial era emigrar unos meses y ganar lo suficiente para volver a O Carballiño, construir una casa y su propia familia. Pero la capital gala los atrajo y reconoce que vivir en la abadía era como un sueño. «Mi marido llegó a la edad de jubilación y nos volvimos. Pero yo seguiría allí. Si mañana me dijeran que tengo que empezar mi vida de cero, repetiría sin pensarlo», afirma con rotundidad. «Podía ir siempre que quería a Notre Dame. A mí madre también le encantaba. Tardarán, como mínimo unos ocho o diez años en restaurarla, calculo yo. Es una lástima que justo pase esto cuando estaban arreglándola porque ya estaba muy dañada, pero hay que pensar en todo lo que se ha conseguido salvar», explica esperanzada ella sobre el monumento más visitado de Francia en el que se beatificó a Juana de Arco, se coronó a Napoleón y se hizo el funeral de Charles de Gaulle, entre otros momentos históricos.

«Yo nunca me atreví a subir al mirador de la catedral, me daba vértigo solo de pensarlo. Igual cuando la recuperen me animo», finaliza José con una sonrisa.

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