¡Qué manía con ser feliz!

Aqui dejamos el artículo de Isaac Pedrouzo en  su «Esto no es Oregón»


Qué manía con ser feliz. Mis pequeños delirios depresivos y yo vivíamos a gusto entre un puñado de canciones tristes y otras pocas de amor, aunque a menudo no haya ninguna diferencia y sean la misma canción. Ahora, sin embargo, resulta que uno tiene que ser feliz.

Antes todo era distinto. Encarabas el camino al viernes, cabizbajo, asumiendo que dos días no son nada: uno para dormir y otro para la resaca. Una cerveza en el París, el pobre Suso detrás de la barra asintiendo con cada quejido, y la tristeza sonora del despertador de lunes se ponía a tu lado, en un taburete, sonriendo. Molestando lo necesario, como ese amigo que no te quiere pero al que siempre le vienes bien. Todo funcionaba confortable así, discreto y a trompicones, pero no, ahora hay que ser feliz.

Con cada nueva calle peatonal que esparce el casco viejo desgastan un poco más mi costumbre de gritarle entre murmullos a los coches, de enfadarme y maldecir afligido en los pasos de peatones. Los insultos que se extinguen entre disculpas desde el retrovisor nunca antes vistas y hasta los yonquis que deambulan por la calle Pizarro piden la limosna por favor.

Los yonquis felices dando las gracias, pero a mí no me dejan tranquilo con mi infortunio.

Intenté refugiarme detrás del juzgado, en un parque infantil al que ya nunca va nadie, ni siquiera los abogados que se esconden para fumar. Pero incluso allí, en un rincón entristecido por los años, había llegado el júbilo de esta nueva imposición de alegría y bienestar en forma de parque acuático en miniatura. Los niños correteaban gamberros entre chorros de agua plácidos mientras sus padres miraban orgullosos, satisfechos, liberados.

Incluso los viejos bancos lúgubres de madera eran felices. Con sus nuevos colores y su aspecto suntuoso. Padres e hijos felices a cada lado, egoístas, quitándome mi fatalidad. Y yo allí miraba, incapaz. Yo, que solo quería ser triste.

Salí corriendo como corre el inocente si lo miran, por si acaso, honesto y leal a mi modo desalentador de ver las calles de mi ciudad. Porque mi ciudad me dejaba ser triste por las esquinas abandonadas a la vida. Con mi canuto de medianoche, con mi litrona barata mirando como el Zoco se sostenía sobre un andamio y el riesgo a la tragedia me obligaba a entrar. Cuando el cruceiro de la Plaza de la Magdalena solo se alzaba para recoger todas las tristezas, todos los ruidos deprimidos y no presumía de este nuevo acicalado pulcro y ofensivo. Tan alegre, tan distinta. Tan feliz.

Y el heavy sentado en el portal de siempre ahora sonríe a cada céntimo que cae en la funda de su guitarra, la que hace tiempo que no cierra, y ya no toca baladas tristes. Hasta él se contagió. Él, que parecía el aliado ideal.

Pero me duele en el pecho esta imposición a la felicidad, porque los golpes no son lo único que duele, porque algún derecho tendré yo a querer ser desgraciado.

Y no, no hay manera aquí.

Qué manía con ser feliz.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

¡Qué manía con ser feliz!