El virus de la vejez


Es cierto que no todas las enfermedades se contagian o matan del todo.

La sífilis, por ejemplo, se instala sin acabar contigo porque sino no tendría de qué alimentarse, te consume poco a poco. Para su propio beneficio. A veces indolora. Inadvertida.

Como Pablo Motos.

Y uno aquí ya no sabe si es por el frío asfixiante del aire que te cruza cada mañana al subir la Avenida de La Habana, o por el calor que se te cala dentro unas pocas horas después al regresar por el mismo sitio, si algo tendrá que ver el olor flotante a laca y cardado que te persigue calle abajo por Bedoya, pero el caso es que, en un despiste, aquí en Ourense, puedes enfermar de vejez.

La vejez no se trata ya solo de una cifra.

No tiene que ver con la invasión despiadada de las canas, o por su ausencia total en otros casos. La vejez ahora se contrae por la calle, sin pedirte permiso. Empiezas a llamar a los bares por su antiguo nombre, uno que ya no lucen desde años, como el Charol o la Bull, como el Capital. Y la gente alrededor, la que todavía no se ha contagiado del virus envejecedor, asiente con el tipo de gesto que tú antes utilizabas con las personas mayores.

De pronto bailas aplaudiendo y tus frases se convierten en pequeños monólogos que sin fondo ni argumento defienden el vaso de tubo al mismo tiempo que tratas, por enésima vez, de enseñarle a alguien los peces de colores de la fuente en la Plaza del Hierro, los que nunca existieron. Los de las salpicaduras. Los de aquellos años. Te pierdes en planes para visitar el mercadillo de antigüedades cada primer domingo del mes, y mientras, tu reflejo burlón te mira desde el paseo de la vergüenza de algunos rezagados que todavía vuelven a casa, otros que no son tú.

Tú antes eras así. Pero envejeciste por culpa de un virus discreto y precoz, el que ahora casi te obliga a parar a contemplar como arreglan la fachada del gran hotel, a juzgar la pericia y el hacer como si alguna vez hubieses estudiado arquitectura en vez de empresariales o FP.

La vejez ourensana. Algunas veces, sin embargo, uno siente que la cura está cerca, sobre todo en Navidad, cuando todos los emigrantes que todavía no llegan a tu edad vuelven por vacaciones. Ilusionantes, con su ánimo agotado y esperanzador de gran cosmopolita repatriado, pero la sensación de juventud se esfuma veloz, en ocasiones por el embaucador olor del chicharrón del Dos Puertas, otras por el dulce picor de la carne o caldeiro del Bar Samuel. La frescura momentánea se agota y todas las novedades recién llegadas se revuelven entre recuerdos melancólicos de antiguas y extintas fiestas de barra libre de Nochevieja, y escuchas en silencio, negando lo evidente: que la música alta te molesta y hace tiempo que cambiaste el gin-tonic por el vermú.

Y los hijos que no llegan. Y los cuarenta tampoco. Hace ya algún tiempo que noto como la vejez de Ourense me viene rondando No me importa tampoco, aquí seré un viejo feliz. Hermoso.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
3 votos
Comentarios

El virus de la vejez