Días de cine y fotografías


Esta noche se cierra la vigésimo tercera edición del Festival de Cine Internacional de Ourense. Y durante una semana, quien permaneciese atento, habrá podido percibir cientos de sentimientos diferentes.

En los ojos de los amantes del cine anidó la resistencia. Porque el OUFF no estaba muerto. Porque el proyector seguía girando pese a todo.

También hizo acto de presencia, vestida de gala, la ilusión. Porque los hay que creen de verdad que la cultura debe ser un bien público y que el cine hace más llevadera la locura inherente a la cotidianidad.

A ratos se dejó ver un sincero agradecimiento. Porque también los hubo que por fin recogieron un premio en la tierra que los vio nacer. Galardón que Xavier Bermúdez pensó que vendría a buscar de muerto, como quien no peregrina en vida a San Andrés de Teixido. Y fue él, precisamente, el que imploró en la gala de inauguración que se convirtiera en un festival «de toda a cidade e non dos partidos que se turnen no poder», citándolo textualmente.

Sin embargo, durante estos días, en muchas fotos se coló la vanidad. El engreimiento de quien se cree salvador de un evento que se financia con el dinero de todos y se autoproclama dueño del sarao. Cómo les cuesta a algunos entender que el cine estaba ahí antes de que ellos llegaran y que seguirá estando cuando se vayan.

Después de una semana de instantáneas con políticos camuflados entre actores y niños, quizás la conclusión sea eso que Alessandro Baricco espeta en su novela Océano mar: «Y verdaderamente salvado solo lo está quien nunca ha estado en peligro».

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