«Antes el grueso del trabajo eran las cartas y ahora es la paquetería»

Flora Cid Cid y Borja Rocha Cid, madre e hijo, comparten una profesión que ha ido cambiando a pasos agigantados


ourense / la voz

Fueron los romanos los que, en la Península Ibérica, construyeron una red de vías (cerca de 40.000 kilómetros) y estaciones postales -en las que había caballos de refresco que relevaban a los que ya habían recorrido un largo trayecto-. Los musulmanes perfeccionaron el sistema y en la Edad Media, con la aparición de las universidades y el crecimiento del comercio, el intercambio de noticias se hacía cada vez más imperioso y era necesario un método cada vez más rápido, eficaz y accesible a todas las clases sociales.

A principios del siglo XVIII el servicio pasó a ser responsabilidad del Estado y se ampliaron sus labores -comenzaron los envíos de periódicos y la reserva de la correspondencia hasta que el destinatario pudiera recogerla en la oficina-. En 1756 apareció ya la figura del cartero de un modo similar al que hoy se conoce.

Flora Cid (Taboadela, 1961) lleva 34 años repartiendo cartas a pie en Correos, aunque no siempre lo hizo en Ourense. «Empecé a trabajar de casualidad en la empresa. Se convocaron oposiciones y yo había terminado COU y no sabía qué hacer, así que las preparé y me presente. Al aprobar me mandaron a Madrid y allí estuve ocho años. Luego me trasladaron a Xinzo de Limia, donde trabajé un año y medio, y después conseguí plaza en Ourense, donde llevo 24 años», resume.

Más de treinta años en los que ha visto cambiar la profesión al ritmo de los avances tecnológicos. «Antes el grueso del trabajo eran cartas y ahora es, inmensamente, paquetería. Las pocas cartas que se envían son recibos o propaganda electoral en período de elecciones», puntualiza.

Borja Rocha (Taboadela, 1987) es su hijo y ya se ha presentado dos veces a las oposiciones, pese a no conseguir la plaza. «Empecé por probar algo diferente al sector de la hostelería en el que había estado y me gustó, así que decidí quedarme. Me enganchó lo de trabajar al aire libre y que las condiciones laborales, en comparación a otras empresas, son buenas», argumenta Borja que lleva alternando contratos desde el año 2006. Y su madre añade: «El contacto con la gente también es algo muy agradable, lo que pasa es que Borja es contratado y no llega a coger mucha confianza con las personas del barrio al tener que ir cambiando».

Actualmente Correos cuenta en Ourense con dos edificios de cartería en la ciudad: uno es el central en el barrio de A Ponte (junto a la estación de Renfe) y el otro es en la calle Fernández Bordás. El de Progreso (en la Alameda) es solo para oficinas de la empresa y atención al público.

Todos los paquetes pasan primero los controles de seguridad en Santiago de Compostela, en el centro de clasificación. Después se envían y organizan en el edificio central de Ourense y los que corresponden a la zona de la oficina secundaria se derivan allí. «Nosotros entramos a las siete y media de la mañana, a la vez que llega el correo desde Santiago en, y lo que hacemos es clasificarlo por zonas para salir a repartirlo. Estamos ordenando unas dos horas por calles y números y después lo metemos en el carro o en la moto y a la calle», afirma ella.

Lo peor de ser cartera para Flora es la climatología cuando es extrema -algo común en los veranos e inviernos ourensanos-. «Da igual si hace 37 grados o si llueve a cántaros, tenemos que salir igual porque si no se acumularía el trabajo. Mi hijo ya se cayó dos veces con la moto por el mal tiempo y creo que si preguntases en la oficina no se salvaría ni uno. Todos han tenido algún accidente», lamenta.

A él cuando le preguntan lo que menos le gusta del trabajo contesta: «Mucha gente dice que no trabajamos, que vamos a fichar y punto. Y no es cierto».

«Yo creo que tengo dos jefes. Por un lado, mi madre y, por el otro, el jefe»

Flora trabaja en horario matutino y Borja en el vespertino. Ella reparte a pie -acompañada de su carrito- y él lo hace en moto. Ambos están en la cartería de la calle Fernández Bordás pero solo coinciden unos pocos minutos durante el cambio de turno -y a veces ni eso-. Sin embargo, las equivocaciones y preocupaciones no se quedan en la oficina.

«En casa hablamos más de trabajo de lo que deberíamos. Discutimos bastante», contesta Flora cuando le preguntan si los dilemas laborales se cuelan en las horas familiares. Y su hijo bromea al hilo de la cuestión: «Yo creo que, claramente, tengo dos jefes. Por un lado está el de la oficina y, por otro, mi madre». Aunque reconoce que, cuando estaba empezando, la experiencia de su madre le sirvió de mucho. «Digamos que quiere que lo haga por encima de la media. Es muy perfeccionista», confiesa Borja. Y su madre lo corrige: «Meticulosa. Soy meticulosa y quería que aprendieras a hacer las cosas bien desde el principio porque cuando llegaste no sabías cómo funcionaba todo», finaliza entre risas Flora.

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