Un motín de verduleras finaliza con un médico muerto por disparos

La subida de un impuesto municipal originó una protesta que acabó en clamor ciudadano contra el gobernador en 1892


ourense / la voz

Política, sucesos y economía se entremezclan en la crónica que La Voz de Galicia ofrecía a sus lectores hace 126 años, en un relato lleno de pasión y detalles. Una protesta de vendedoras de verduras contra una subida del 100 % del arbitrio municipal sobre puestos públicos fue el punto de partida de unos acontecimientos que se fueron complicando con las desacertadas decisiones de los gobernantes provinciales y la actuación de las fuerzas del orden público. En una crónica donde se respiran la ira y el dolor del informador, se da cuenta del fallecimiento, por un disparo de la Guardia Civil, del joven médico Arturo De la Torre, que presenciaba desde un balcón la protesta de las rianxeiras. Sucedió el 10 de septiembre de 1892.

La crónica del día 13, titulada «Los sucesos de Orense», arranca con una diatriba contra el gobierno de España, en aquel momento presidido por Antonio Cánovas, durante la minoría de edad del rey Alfonso XIII. A las políticas conservadoras y a las injusticias sociales de ellas derivadas achaca el cronista lo sucedido en Ourense. Y lo hace sin ambages: «Una vez más en el aciago periodo de gobierno que atravesamos, la sangre derramada en nombre del principio de autoridad ha manchado el suelo de Galicia. El Gobierno conservador, que es una vergüenza para la patria, es también sanguinario azote de los pueblos que gimen bajo la odiosa pesadumbre de su mando. Orense, ciudad cultísima, no entre las gallegas, sino entre todas las de España, ha visto caer a uno de sus más apreciados moradores hecho pedazos el cráneo por las balas de la Guardia civil».

Haciéndose eco de varios informadores locales, la crónica relata: «A primera hora, al presentarse los cobradores de consumos, las verduleras protestaron enérgicamente y emprendieron detrás de ellos hasta la Casa Consistorial, en donde aquéllos buscaron refugio, cerrando la puerta. Entonces el grupo alborotador, poco numeroso y compuesto en su mayor parte de mujeres y niños, cogió hacia la calle del Progreso y, contentándose con arrojar dos ó tres piedras al fielato central, siguió por la calle adelante dando mueras á los consumos. Al llegar á la calle de Alba -actual Alejandro Outeiriño-, el grupo dividióse y todo hacía presentir que allí concluiría todo, cuando del Gobierno civil salió el Gobernador, acompañado de su Secretario y el Comandante de la Guardia civil, Sr. Brasa».

Abrazadas a los fusiles

Al ver al Gobernador, cuenta La Voz, «las verduleras cesaron en su actitud hostil y escucharon sumisas la intimación que aquél les hacía. Una de ellas, con tono respetuoso, le dijo, que, si él daba palabra de arreglar el asunto, ellas se retiraban inmediatamente, á lo cual el Gobernador, con asombro de todos los concurrentes, contestó en tono violento que él no daba palabra ninguna. La gente, irritada, dirigióse al fielato de la Alameda, en donde tiraron algunas piedras. Presentóse en este momento el Gobernador con fuerza de la Guardia civil».

Con motivo de la aprehensión de un niño -continúa la narración- «prodújose un fuerte alboroto, y entonces el Gobernador dio orden que los guardias corrieran tras el pueblo, y el mismo Gobernador, con el bastón levantado, vociferaba incorrectamente. La irritación llegó á su colmo y la gente aumentaba extraordinariamente, corriendo en tropel por las calles dando mueras y silbando. En la plaza dividiéronse en varios grupos, yendo cada uno de ellos á los distintos fielatos, los cuales apedrearon y quemaron. Después reuniéronse delante del central. Allí estaba el Gobernador y varios caciques conservadores y fuerza de la Guardia civil. Puede decirse que allí se encontraba Orense en pleno. A poco rato presentóse el Gobernador militar y su Ayudante, que conferenciaron con el Gobernador».

En ese momento «pasó la cosa más inaudita que podía esperarse. Sin causa para ello, sin nada que lo justifique, el Comandante de la Guardia civil Sr. Brasa, mandó hacer fuego. Lo que entonces pasó es imposible describir; la gente, ciega de furor, se abalanzó sobre la Guardia civil y pasó por encima de los guardias. Las mujeres, abrazadas al cañón de los fusiles, agotaban el vocabulario de insultos contra el Comandante. Como consecuencia de las dos descargas, resultó muerto el médico Sr. Torre, joven apreciadísimo de todo el mundo y que, en unión de otros muchos, se hallaba en los balcones de la redacción de El Derecho», en la actual avenida de Pontevedra.

Un médico de carácter bondadoso y de intachable honradez

Pocos datos se ofrecen sobre el fallecido, aunque la crónica de La Voz del 13 de septiembre de 1892 es rica en otro tipo de detalles. «En la casa del señor de la Torre el cuadro es desolador -se afirma-. Este desgraciado era conocidísimo en Orense y querido y apreciado por todo el mundo, no sólo por su carácter bondadoso y su intachable honradez, sino porque con lo que ganaba como médico sostenía á su numerosa familia, compuesta en mayor parte de mujeres. Deja madre, esposa, hijos y hermanos en el mayor desamparo. En casa, al saber la noticia, cayeron accidentadas su madre y esposa y prodújose un cuadro conmovedor». Ya en el ámbito social, se apunta que «al entierro que se le piensa hacer al desgraciado médico asistirá la población en masa, como prueba de simpatías al honradísimo convecino y protesta muda, pero elocuente, contra los causantes de tamaño atentado».

«Aquí tienes mi pecho; dispara, pero no lo hagas con las mujeres»

Además de la muerte del médico que observaba los disturbios desde un balcón, cuenta La Voz de Galicia, un panadero vio su pierna atravesada por un balazo y «al conocido escritor D. Benito E. Alonso le pasó una bala rozándole la cara. En la fachada de la misma casa -donde falleció el médico- quedaron marcadas las huellas de cinco balas, alguna de ellas á la altura de una persona», según se recogía en la crónica de aquel 1892. Y pudieron ser más las desgracias.

Pedir la dimisión

Como consecuencia de estos sucesos, «los ánimos están excitadísimos, y todos, sin excepción de clases, reconocen que la culpa de todo la tiene el Gobernador. La gente pacífica está alarmadísima, pero todos están conformes en que, si el Gobernador obrase con prudencia, no pasaría nada, y que en la dignidad de este señor está pedir la dimisión inmediatamente, ó en caso contrario separarlo de su cargo».

En medio de la desgracia, La Voz resalta, por su humanidad, dos detalles. El primero, que en el fielato del Jardín un niño que se había apoderado del cajón del dinero «tuvo un rasgo de desprendimiento. Cogió el dinero y á puñados lo arrojó á la muchedumbre».

Un anciano reta a la autoridad

El segundo, es calificado de espectáculo sublime: «Un anciano, imposibilitado por los años y la enfermedad, encuentra energía suficiente y, cual en los más floridos años de su juventud, se adelanta y con valor le dice, mostrando su pecho, al señor Brasa: ‘Aquí tienes mi pecho; dispara, pero no lo hagas con las mujeres’».

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