«He estado a gusto en todas partes»

Empezó ejerciendo como abogado y acabó especializándose en Derecho Canónico


ourense / la voz

Su cabeza es como una enciclopedia. Lo recuerda todo. Como cuando llegó al instituto a examinarse de ingreso con nueve años. Al niño Enrique de León, un ourensano que nació en Madrid en 1956, le preguntaron el pretérito perfecto del verbo tomar. Lo cuenta como si hubiera sido ayer. De aquella cita conserva también la imagen de Ferro Couselo, que fue quien lo examinó de Geografía e Historia. Atrás quedaba el parvulito en Josefinas antes de ir al colegio Sueiro. Estrenó el instituto de A Ponte. Estudio Derecho entre Santiago y Valladolid, ejerció en Vigo como abogado y en 1985 emprendió el camino que marcaría el resto de su vida. Marchó a Roma. Estudió Teología y Derecho Canónico. Juan Pablo II lo ordenó sacerdote el 29 de mayo de 1988. Ahora es juez auditor del Tribunal de la Rota, con tratamiento de monseñor, algo que una persona de trato cercano como él considera una mera formalidad, pero la realidad es esa. Lleva años entre el Vaticano, Alemania, Salamanca, Asturias y Madrid, pero siempre que viene a Ourense, a visitar a sus padres y hermanos, con especial atención a su hermana María de los Ángeles, deja aflorar su vocación pastoral, la misma que en su día lo distanció del Opus Dei y lo animó a emprender un irreversible camino de vuelta. En la maleta traía su primer doctorado en Derecho Canónico. Su tesis se centró en «El proceso de nulidad matrimonial en la codificación del 1917», un trabajo que en 1999 vio la luz en forma de libro de 1.300 páginas, firmado con dos compañeros. Luego vendría una segunda tesis sobre Derecho Civil, que defendió en la Universidad de Navarra en 1994. Atrás había dejado dos años en la universidad alemana de Würzburg, donde estudió Historia del Derecho Canónico, que es la especialidad que le abrió la puerta como docente universitario, primero en Roma y después en la Pontificia de Salamanca. Aprendió alemán. La labor pastoral le permitió practicar el idioma de una forma tan poco usual como es la de confesar, entiéndase escuchar y hablar poco, y predicar. «Me costó, y no poco, escribir la primera homilía en alemán», dice ahora este cura que cuando acude a Ourense, siempre que puede, sobre todo en período de vacaciones, misa cada día en Santo Domingo, que es su parroquia, la misma donde aprendió el catecismo.

El salto a Roma

«¿Si tenía vocación de niño? Algo había, pero no acababa de verlo claramente. De hecho, el seminario nunca estuvo entre mis opciones», dice Enrique. El contacto con la Obra, cuando llegó a Santiago a estudiar Derecho, tuvo un notable influjo en el rumbo de su vida, sobre todo en su marcha a Roma y su posterior ordenación como sacerdote. Saborea lo que hace. Va un paso por delante y tiene muy claros sus valores. «Una cosa muy importante es el respeto a la conciencia», afirma. Cuando regresó, para desarrollar su inquietud pastoral, sin condicionantes, pasó varios meses del 2005 atendiendo cinco parroquias en la cuenca minera asturiana. No era un escenario cómodo, pero en el medio año que estuvo hizo amigos que aún conserva y mantiene la imagen de haber visto cómo sus nuevos feligreses, en un escenario difícil, se desvivían cuando sus padres acudieron a visitarlo. «He estado a gusto en todas partes», afirma, de forma rotunda, este cura que, siendo un chaval de 15 años, llegó a Madrid a un campeonato de España de tiro olímpico, se presentó a la cita con uno de los mayores dolores de cabeza que recuerda -«la contaminación de Madrid me mataba, literalmente»- y quedó cuarto, con 194 puntos, a pesar de todo, con solo tres menos que el campeón. Aquel aplomo ha ido siempre con él. Como cuando, colegiado en Vigo con el número 498 y al frente de un despacho cuyo titular se lo había cedido en 1978 al acceder a un cargo político en Madrid, ejercía como asesor legal del entonces clandestino Sindicato Unificado de Policía. O cuando regresó sin hacer ruido.

O, en fin, para estar en el Tribunal de la Rota, que es, en el ámbito religioso, la instancia superior, el Supremo de la justicia terrenal, cuando la resolución de los conflictos, en la diócesis o en el arzobispado que corresponda, no satisface a las partes. Entienda el lector que el matrimonio religioso es indisoluble, por lo que el trabajo del tribunal está en verificar si es válido o nulo. «Lo que no cabe en Derecho Canónico es anular», precisa para completar la aclaración y dejar claro, ya puestos, que «no todo matrimonio que fracasa es nulo».

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