Odio Ourense.

Puede ser, lo sé, otra de mis teorías absurdas e inútiles, las que nadie más que yo entiende, pero ya hace mucho tiempo que si quiero llevar la razón universal en algo leo en alto el prospecto de algún medicamento. Como ejemplo de verdad incuestionable.

Pero yo, odio Ourense. La comodidad sofocante que provoca tener todo tan cerca, tanto que el «llego en cinco minutos» se convierte en realidad. Casi insultante. Otra tradición perdida por el camino, otro derecho que la ciudad nos niega, el de llegar tarde a los sitios porque, a veces, por mucho que te empeñes, nada está tan lejos como creías. Excepto aquel after al que me llevaron en coche una vez, el que estaba enfrente del sitio donde comimos anguilas y pimientos fritos mientras me juraba que nunca se iba a casar.

Odiar Ourense es sencillo. Sobre todo en verano, cuando el viaje a las piscinas gratuitas te asfixia durante esos diez minutos en que el autobús te tortura con el aire acondicionado, 85 céntimos de sufrimiento antes de volver a los plácidos 40 grados de nuestra temperatura ambiente, al asfalto mareado, a soportar la sombra de todos esos árboles que alguien un día plantó allí. Maldita ciudad con sus sombras y sus piscinas abiertas al mundo. Y como no detestar cada zona peatonal libre del ruido de coches y del olor a ciudad, del olor a humo, del sonido plácido de tubo de escape que ya no ameniza la comida al aire libre mientras la catedral vigila. Qué pena tener que escucharse unos a otros. La insoportable facilidad del ocio, de poder cenar y hacer la vida alegre de bar en el mismo sitio, en la misma calle. Sobrellevar cada fiesta gastronómica tradicional donde la obligación ineludible tiene forma de pulpo y el castigo sabe a ribeiro.

Odio Ourense y su vertiginoso paisaje del cañón del Sil, el que todos miran atónitos como si alrededor no hubiese nada más que observar, nada mejor; odio el agua caliente que alguien transformó en ese ridículo e inútil invento de ruta termal. Estar a remojo cuando en cualquier acera hay una mesa de terraza custodiada por un contenedor y una alcantarilla esperando a que tomes asiento.

La felicidad confortable.

No sé en qué momento exacto empecé a aborrecer Ourense, supongo que fue el día en que me sorprendí a mí mismo entre carcajadas durante un Entroido en que alguien me prestó una vieja peluca y una bata de alivio y salimos a la calle libres de complejos. Quizás fue al probar el licor café de su madre, o aquella tarde de verano que nos escapamos a Melón y me apretó fuerte bajo el agua de un manantial natural.

Y el río Barbaña ahí, penitente, despojado. Odio tanto Ourense que al menos una vez al mes hago la maleta y amenazo con irme lejos, a un sitio mejor. A Madrid, donde el tiempo no se detiene para saludar y el café siempre va con prisa en vasos de plástico. La odiaré siempre, más que a cualquier otra ciudad de mundo.

Yo, odio Ourense.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
40 votos
Comentarios

Odio Ourense