Ángel Alfonso Prieto: «Una estatua es insuficiente para reconocer la labor de Obdulia Díaz»

Con 12 años empezó haciendo recados en las farmacias Bouzo y allí cerró su vida laboral

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ourense / la voz

La labor que en el Ourense de los años cincuenta desarrolló Obdulia Díaz, asumiendo como carga propia recién nacidos y niños que ella no había parido, pero cuidó como si fueran suyos, hijos o nietos, la recuerda una pieza escultórica en la plaza de Saco e Arce, en el casco histórico de Ourense. Uno de aquellos pequeños fue Ángel Alfonso Priede Aneiros (Ourense, 1951). Por eso, a la hora de elegir rincón, se va de cabeza al lado de su abuela Obdulia. «Conocí a mi madre años después, cuando ya tenía yo cerca de treinta. Obdulia me crio. Ella fue mi mamá y mi abuela». De hecho, aún se ve llamándola de forma indistinta, según ahora rememora. Vivió en la calle Cervantes. Fue el primero, o uno de los primeros en ser acogido por aquella mujer. Después llegaron los hijos de las chicas del barrio. Como cualquier madre, que se preocupa por los suyos y los mima siempre que tiene ocasión, a aquel niño -Cholis, o Choli, como pronto empezaron a llamarlo, pues lo de Ángel Alfonso no casaba mucho en el entorno- no le faltó de nada. De ahí su apodo, dice ahora. «Por cholito, porque era muy presumido y de niño ya me vestían con pajarita o corbata. Y zapatos de charol. Sospecho que en aquella época, cada año, un par de los primeros que llegaban a Ourense era para mi. Tengo buenos recuerdos de la infancia y mamá está presente en todos ellos. Creo que una estatua es insuficiente para reconocer la labor de Obdulia Díaz». Sin desmerecer, deja claro, la iniciativa y el trabajo del artista.

Aquel chaval espabilado empezó a trabajar, como recadero, a los 11 años. Se estrenó en una droguería, pasó por un almacén de vinos y acabó en la farmacia, donde encontró su segunda casa. Se había enterado por un amigo de la posibilidad de ese trabajo. Ya había cumplido Ángel los 12 años cuando Obdulia, que años atrás había sido cocinera en casa de los Bouzo, farmacéuticos, habló a los hermanos Alfonso y José Antonio de aquel chico espabilado que tenía en casa. Eran aquellos unos tiempos muy diferentes a los actuales, alejados del espejismo de la Champions League de la economía. Nada que ver. La cercanía abría puertas. A Cholis le mostró un nuevo camino.

Con el paréntesis de la mili, que Ángel pasó en el campamento de Parga y en la farmacia militar de A Coruña, su vida laboral discurrió entre las boticas de las calles Progreso y Concello, de las que eran titulares los Bouzo. Fue una vida muy intensa la suya, con sus altibajos y sus momentos. Como tantos. Los cambios en el trabajo se sucedían de forma espectacular. Los ordenadores no eran para él. Pensó en jubilarse y lo hizo anticipadamente. Tenía 62 años cuando colgó la bata. Ahora, cinco años después, vive por y para su nieto Ángel Felipe, con su malogrado hijo Pablo siempre en el recuerdo y un ojo enfocado a cientos de kilómetros de casa, para no perder de vista a su hija Andrea.

Casi cincuenta años de trabajo en la farmacia dejan poso. Y grande. «Los jefes siempre me trataron como alguien de la familia, con cercanía y confianza. Me hicieron sentir cómodo en todo momento», dice Cholis, quien, al tratar de abrir el camino hacia la jubilación, encontró todas las facilidades que cabía esperar de una larga relación de años, cordialidad y dedicación. «Hicieron por mi, sin duda, mucho más de lo que yo merecía. Solo puedo tener buenas palabras para ellos». Las charlas en la rebotica, con tertulias que en más de una ocasión hubieran elevado el nivel en otros foros de campanillas, forman parte del bagaje que Ángel se llevó consigo después de un fructífero paso por la farmacia Bouzo de calle Concello.

¿Y la bata? «Pronto la vi como algo normal. Íbamos a Alfredo Romero. Eran clientes de la farmacia. Pedía dos y quedaba equipado para una temporada. Una de ellas estaba siempre lista en el trabajo. La otra, en casa, lavada y preparada para el momento en el que se hacía necesario cambiarla. Tan sencillo como eso».

«Amenazas de palabra, en más de una ocasión, pero atracos, ninguno»

No solo era dinero lo que podía pedir un ladrón. En una farmacia había jeringuillas y pastillas conocidas, del Optalidón al Rohipnol. Hubo una época en la que los robos y atracos en farmacias eran el pan de cada día. Ángel no sufrió ninguno. «Le pasó a otros compañeros y amigos. En mi caso, amenazas de palabra tuve en más de una ocasión, pero atracos, situaciones de especial violencia, no viví ninguna», recuerda. «Que te dijeran que te conocían y que ya verían por la calle era normal, cuando no le entregabas lo que querían, al no traer receta, pero nada más». Llevar preservativos a alguna persona que se los pagaba de forma reservada, «sencillamente porque le daba vergüenza pedirlos en la farmacia», no era nada extraordinario. Discreto y punto. «De repente veías a un cliente, que disimulaba y esperaba a estar solo, dejando pasar a todo el mundo: ya sabías qué quería, casi no hacía falta ni preguntar». Era así hace años, cuando en alguna farmacia alegaban razones de conciencia para no vender condones. «Más recientemente, pasaba algo parecido con la viagra, pero ya era menos exagerado».

Praza de Saco e Arce.

el rincón

Praza de Saco e Arce. Ahí está desde enero del 2011 una escultura de Manuel Penín, que mantiene viva la memoria de Obdulia Díaz y su hija Lola Nóvoa. Fallecidas ambas, la pieza pretende que no se pierda el recuerdo de dos mujeres que, como rezaba la pancarta colocada para el día de su presentación, habían sido abuela y madre de niños propios y ajenos. Fe de ella la da Ángel, que años después se suma al reconocimiento con su particular homenaje.

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