«Si pudiera volver a empezar, querría ser traumatólogo: sin ninguna duda»

Padre e hijo comparten la vocación y el interés por la especialidad que han elegido


Ourense

Que Manuel Fraga Cabado (Santiago de Compostela, 1956) hubiera estudiado medicina, como hizo cuando le llegó el momento de ir a la universidad, caía dentro de lo que podía ser previsible, si se tiene en cuenta que su padre, José, ya era médico, como antes lo había sido su abuelo Eduardo. Que Manuel Fraga Collarte (Ourense, 1986) siguiera la misma senda tampoco es que sea una excentricidad. El camino no estaba marcado, ni el padre se empeñó en ello, como los dos traumatólogos aseguran en uno de los pocos momentos en los que coinciden en el recién ampliado Complexo Hospitalario de Ourense. Estos Fraga ya están en la cuarta generación como médicos, la segunda en la especialidad.

Vale que padre e hijo comparten especialización entre huesos y articulaciones, ligamentos y músculos, pero el más joven sumó -conscientemente o no- un segundo influjo, el de su madre, la pediatra Berta Collarte. Asegura el júnior que no lo influyeron directamente, ni lo condicionaron, ni lo animaron a seguir determinado camino, pero ser hijo de un traumatólogo y una pediatra lo acabó llevando a especializarse en traumatología infantil. Lo natural, vaya, aunque Berta, la primogénita, hubiera elegido en su día, para sorpresa de los progenitores, una camino diferente, que la ha llevado a Boston y a un trabajo en el sector financiero.

En la familia, de todos modos, se ven más próximos a Hipócrates y a los santos patronos de los médicos, Cosme y Damián. Más aún contando con que el tercero, por si alguna duda podía quedar, ya se asoma al sexto curso de la carrera de medicina.

¿Será traumatólogo, o será pediatra? Guille (Ourense, 1995) les dice que tiene bastante claro lo que le gusta, pero, al mismo tiempo, los mantiene en ascuas. Quiere ser dueño de sus aciertos. Como lo son los dos Manuel, pues padre e hijo aseguran -y se dan la razón- que ni el primero influyó en la elección de la especialización del hijo, ni este se sintió presionado, dirigido desde niño, o condicionado. «Si pudiera volver a empezar, querría ser traumatólogo, volvería al mismo camino, sin duda alguna». La frase es del hijo, pero el padre la suscribe sin cambiar ni un punto.

Cuando Manuel llegó a Ourense ya era pareja de Berta. Se habían conocido en la facultad y eligieron hacer prácticas aquí, sabedores de que estaba menos masificado que Santiago y había más margen para aprender y más oportunidades. Como todos, según la rutina de entonces, fueron rotando por distintos servicios, hasta que Manuel se vio un día haciendo horas de más y descubrió que le gustaba traumatología y ortopedia. Hasta hoy.

El hijo ya fue de cabeza a la especialidad. A los cinco años de residencia ya suma otros tres como contratado, especialista en traumatología infantil. Nada comparado con los doce trienios que acumula del padre.

«Es diferente, muy diferente, el trabajo con niños y con adultos, ya no solo por la edad sino por el trato que necesitan y por las patologías que nos encontramos», dice el joven Fraga, que apenas coincide con el veterano más allá de las sesiones clínicas del servicio. Desarrollan su actividad diaria en distintos edificios. «Cuando estás en una guardia, eres traumatólogo, uno más; pero en el día a día, con los más pequeños, es muy diferente el trabajo», matiza Fraga Collarte, que vive con especial dedicación su actividad y exprime el reloj para dedicar tiempo cada día al estudio y a la formación. De su pasión y su capacidad de comunicación saben bien quienes tratan con él cada día.

No ven recelos, ni prejuicios, ni preferencias, por razones de edad

¿Influye la edad o el aspecto a la hora de transmitir seguridad al paciente, o a los padres del menor que se encuentra ante un médico? ¿Pueden llegar a percibir incomodidad? Los Fraga coinciden en que la valoración ajena es algo muy subjetivo, fruto de una apreciación muy personal. Tampoco hay mucho que hacer, cada cual tiene su idea. No hay una pauta fija, coinciden. Hay quien prefiere a un médico más joven, porque le presume una formación más actual. Y quien, contrariamente, elige al veterano, precisamente por considerar que la experiencia es un grado. Fraga y Fraga, padre e hijo, consideran que los prejuicios, aunque los haya, apenas se dejan notar. Salvo casos muy puntuales, «contadísimos», según su compartida impresión, la edad del médico no supone obstáculo alguno en la relación con los pacientes. ¿Si hablan entre ellos de medicina? Naturalmente. Cada uno tiene su opinión, aunque al final, según reconocen, las diferencias son siempre salvables y el intercambio de pareceres siempre resulta enriquecedor para ellos y beneficioso para el paciente. Sin necesidad de hacer ruido.

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