El botellón y los precintos


Hice botellón. Como casi todos los de mi generación, pero hace tanto que ya casi ni lo recuerdo. Será que quedan más cerca en el tiempo a los que podría ir mi hija que a los que yo fui, pero cada vez soy menos condescendiente con una práctica -dicho sea en mi defensa- que tampoco es que fuera de mis preferidas en mis tiempos universitarios. En Ourense, comparado con otras ciudades, el problema del botellón es más bien un problemilla. Sin embargo, lo que realmente me sorprende es la forma que los diferentes gobiernos municipales tienen de afrontar la situación. En el 2009, el anterior ejecutivo socialista tomó una medida muy similar a la que el PP adoptó hace una semana con el botellón en la Alameda. En aquel momento la zona afectada era la praza de As Mercedes. En un caso o en otro, la pregunta que a uno le surge es clara: ¿los precintos se hacen para erradicar el botellón y el consumo de alcohol de menores en la calle o por qué a alguien le molesta que los jóvenes se emborrachen y hagan el consiguiente barullo en un lugar en concreto? Más bien, parece lo segundo. Cuando se precintó las Mercedes porque los hosteleros de la zona se quejaban, lo que sucedió es que el botellón -en aquel momento era mucho más multitudinario que ahora- se fue a otros puntos de la ciudad. Ahí es cuando la Alameda cogió fuerza como punto de encuentro para los jóvenes. Precintado este lugar, los comerciantes de la plaza de Abastos y los vecinos más próximos podrán respirar tranquilos, pero el problema seguirá ahí. Esos jóvenes (muchos de ellos menores) y los que vengan en el futuro seguirán quedando para beber en la calle, estropeando su salud y molestando a otros vecinos. Porque para acabar con el botellón no basta un precinto policial, sino que hay que apostar de verdad por modelos que se centren en educar y concienciar a los menores.

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