«La lógica del derecho romano me ganó y abandoné las matemáticas»

La abogada Lucila Vázquez-Gulías cambió de carrera tras asistir de oyente a clases en otra facultad


ourense / la voz

Elige Lucila Vázquez-Gulías Martínez la calle Lamas Carvajal como su rincón. Y lo hace, según cuenta, porque le evoca su niñez y la trae de vuelta al presente. Su padre, Celso Vázquez-Gulías, tenía el despacho de abogado en un edificio de esta calle. Uno de los primeros logros que recuerda está asociado a este lugar. Probablemente magnificados por los ojos de una niña de corta edad, hija única y sobreprotegida por unos padres que no eran precisamente jóvenes cuando ella nació, ella veía como una hazaña el hecho de haber caminado sola desde su casa en la avenida de La Habana hasta el despacho profesional de su padre, ver la eterna cola de las escaleras y colarse entre sonrisas hasta llegar a sus brazos, para, rematada la faena y liberado de pleitos, regresar juntos de la mano. Y así una y otra vez. La imagen, como en un bucle, la llevó con el tiempo a descubrir al abuelo paterno, fallecido en el año 1937. En casa apenas se hablaba de él. O esa es, al menos, la sensación que conserva.

Es fácil imaginar a aquella niña -no vale referirse a ella como pequeña, pues lo que se dice pequeña, nunca lo fue- mostrando asombro puntual ante algún edificio en el trayecto desde la Praza Maior y el despacho del padre hasta su domicilio.

Qué casa tan bonita. La hizo tu abuelo. Aaah. ¿Y quién era el abuelo? Era el arquitecto. Aaah. Pues qué bien, pensaría aquella niña, entonces con el punto justo de curiosidad infantil, que hasta muchos años después no descubrió al brillante profesional que fue Daniel Vázquez-Gulías. Se interesó por su vida y su legado. No se contentó con una lectura superficial. En el 2016, animada por la determinación de amigos y especialistas, cuajó un proyecto asociativo para difundir una obra tan sorprendentemente poco conocida por el gran público, como valorada por otros arquitectos que ven lo avanzado de sus planteamientos con casi un siglo de distancia.

Un tesoro oculto

«Lo pintaba todo. Me sorprendió el grado de detalle al que llegaban sus dibujos y sus planos. Hace años, mi padre y yo encontramos unas cajas de madera, en el edificio de la Imprenta, donde había guardado gran parte de su trabajo. Fue como hallar un tesoro», dice Lucila, que en 1997 se hizo cargo del despacho de su padre, Celso Vázquez-Gulías, quien, fallecido en 1994, no llegó a ver a su hija colegiada como abogada. Pudo, de todos modos, ver cómo la niña de sus ojos plantaba los estudios universitarios en el área de matemáticas y saltaba a Derecho.

«Me había matriculado en Exactas en Santiago. En el instituto había tenido una profesora que me animó. Yo era de ciencias De hecho, me fui a hacer COU al instituto de Verín porque había ido destinada allí. Tuve en todo momento apoyo en casa, aunque supongo que en el fondo a mi padre no le gustaría», dice Lucila, que en el primer mes de universitaria se coló como oyente, por las razones que fueren, en las clases de Derecho Romano. Naturalmente, lo hizo de espaldas a sus padres. Matriculada en una carrera e interesada en otra.

Aquellas clases, como oyente, acabarían cambiando su vida. «Descubrí el derecho romano. Su lógica me ganó y abandoné las matemáticas. Cuando se lo dije a mi padre, a los dos meses, le di una gran alegría. Quiso que me fuera a Madrid, donde hice la carrera. Tenía claro que era conveniente ampliar horizontes y allá fui con una perspectiva bien diferente a la que tenía aquí».

El padre, abogado, había sido alcalde de Ourense. A ella, en algún momento, también la tentaron. Evita los detalles, pues, como dice, «no cuajó la propuesta, por lo que no sería correcto andar ahora dándole vueltas».

La reivindicación del abuelo paterno arquitecto se ha convertido en su nuevo reto vital

La reivindicación de los cementerios, las fincas urbanas y Cruz Roja

En el ámbito profesional, Lucila Vázquez-Gulías se curtió en la dura pelea de la reivindicación y la defensa de los intereses particulares frente a un Concello que casi devora la memoria que late en los cementerios, particularmente en el de San Francisco. Era 1999. «Fue una lucha complicada. Pero conseguimos el objetivo. Fue un trabajo profesional y serio. De aquella historia, a pesar de las profundas diferencias que manteníamos con la administración, personalizada en el alcalde Manuel Cabezas, me quedo con el resultado y con la corrección con la que nos movimos», dice la abogada, a quien Carlos Costoya propuso en el 2000 que se incorporara como letrada a la Asociación de Fincas Urbanas de Ourense, que se forjó a partir de la desaparición de las cámaras de la propiedad urbana.

Conserva Lucila Vázquez-Gulías, por otra parte, un sabor agridulce de su paso por Cruz Roja en Ourense. La había llamado el también abogado José Luis Mondelo para integrarse en la directiva provincial en el año 2003. «Aprendí muchísimo y descubrió la gran labor que se puede hacer desde organizaciones como Cruz Roja. Es impresionante lo que se aporta a la sociedad», recuerda ahora quien, durante unos meses del 2007, ocupó provisionalmente la presidencia provincial tras la dimisión de Mondelo. Quiso trabajar en serio, dedicarle tiempo y energías, pero su disposición no coincidía con la visión de conjunto que había en las instancias superiores, por lo que acabó renunciando, sin poder llevar adelante algunos planes sobre los que había empezado a trabajar. Conserva, de todos modos, un sabor agradable de esa etapa, por lo que, cuando años después le dijeron de participar en un recital poético solidario de Cruz Roja, allá se presentó.

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