¿La soledad se puede contabilizar?


Esta semana tuve que pasar un rato en el centro de salud. Me llevé trabajo, por si me tocaba esperar, como si no pudiera perder unos minutos sentada esperando a mi doctora. Con prisa, como si tuviera muchas cosas que hacer e ir al médico supusiese un estorbo. Cuando vi el cartel «He salido a un domicilio» saqué mis tareas del bolso. Pero pronto me puse a hablar con otro paciente, que también esperaba. Demasiado mayor para ser mi padre, demasiado joven para ser mi abuelo. Charlamos de lo típico que se puede charlar en un centro de salud. Que si el tiempo, que qué bien funciona la hospitalización a domicilio, que a él le fue muy bien y a mi abuela también... Pasaban los minutos y empecé a notarlo inquieto. Yo jugueteaba con el móvil y él se lo había olvidado en casa. Así que acabó pidiéndomelo para llamar a su mujer. Como tardaba en regresar más de lo previsto quería llamarla, comprobar que estaba bien y tranquilizarla por si se preocupaba al ver que se demoraba más de lo previsto en volver a casa. Al oírlo hablar, la verdad, es que me resultó tierno, pero me dio una punzada de pena verlo tan agobiado, mayor y cuidador, como tantos. Así que cuando entró en la consulta, la doctora tuvo que curarle también la ansiedad, como si eso fuera fácil. Al irse, volvió a llamarme señorita y a darme las gracias por haberle prestado el móvil. En ese momento me di cuenta de cuáles son las verdaderas urgencias y de lo ridículo que resultaba verme apurada por pasar un rato en una sala (un pasillo, en realidad) de espera. Y también del reto al que se enfrentan los profesionales sanitarios, que tienen que curar en esta sociedad nuestra, envejecida y solitaria. A la misma hora que yo hablaba con ese señor que era demasiado mayor para ser mi padre y demasiado joven para ser mi abuelo -impecable, con su jersey de invierno, su paraguas, su gorra y su carpeta con los papeliños médicos- el pleno de Ourense aprobaba una moción para crear un censo de personas que viven solas. Y yo me pregunto si la soledad es únicamente de los que viven solos. Y yo me pregunto si la soledad realmente se puede contabilizar.

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