Esto no es Cuenca

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No hay manera posible de negarlo. Soy un tipo delgado, raro y con aspecto gracioso. Soy capaz de hacerme cosquillas a mí mismo si sentado en el retrete rozo la nalga derecha con mi propia mano. La izquierda solo apoya.

Nunca aceptaré del todo hacerme mayor aunque jamás se me dio bien ser joven y cada obsesión que voy ganando todos los noviembres se tambalea y golpea certera desde dentro del pecho. En ocasiones todas a la vez. Siempre las disfrazo de hipo. Aguantar la respiración. Fin.

Sigo guardando la pasión por las cosas pequeñas, las cosas inútiles que a ti te dan igual. Las que nunca saldrán en los libros que ya no leemos y que ningún director novel utilizaría como idea de guion para ganar un Goya. Nadie le haría una canción. Ni siquiera Ricardo.

Lo absurdo ha marcado la verdadera autenticidad en muchos de esos días de vivir en este valle y a menudo me pregunto si de residir en, no sé, Cuenca, todo habría sucedido del mismo modo. Allí tendrán sus propias absurdidades -o no, el mundo ahí fuera es imprevisible- pero me permito a mí mismo la duda inocente de creer que somos los únicos que son únicos.

Como nuestra Catedral invisible. Un concepto novelesco que traté de explicar en un intento vano al cantante de aquel grupo extranjero cuando preguntó.

Él había buscado en Internet esa frase escandalosa que entre comillas ya amenaza seductora: «cosas que ver en Ourense». ¡Qué tipo de loco pondría Cuenca en nuestro lugar!

Le llevé a la zona vieja, la old town decía, parando cada 10 metros, cada 20 pasos. Una iglesia, una fuente, una antigua tienda de ropa, un ingenuo soplando con desatino su flauta sin ningún sonido agradable como resultado.

Caminábamos con parsimonia -al parecer Ourense es mucho más atractivo cuando se ve a través de los ojos de otro- sin que mi compañero dejase de mirar más allá, más allá de los mil metros. Y la catedral sin aparecer. Descubrí su preocupación cuando empezó a echar la vista atrás empezando a aceptar la posibilidad de fracasar.

Asomó el edifico entonces por encima de los demás tejados como suele hacerlo, autoritario y sin aviso justo cuando ya lo tienes encima y has de mirar hacia arriba. Arriba no es lo mismo según la distancia.

Reté a mi nuevo amigo a encontrar la puerta de entrada.

Lo intentó por la calle Lepanto, donde encima del arco un culo milenario esculpido preside la pared. Ni ranas ni astronautas. Un culo, aquí nos tomamos lo absurdo muy en serio desde la antigüedad.

Tras el segundo rodeo fallido lo llevé a la puerta principal, la del cine de verano en la escalera que antes vigilaba la comisaría. Desconcertado y un poco desconfiado se reía del disparate. Escondida allí detrás para qué.

En el décimoquinto escalón antes de llegar le advertí acerca del santo Cristo, figura religiosa a la que le crecen el pelo y las uñas, mientras su médula espinal se desencajaba atónita ante nuestra normalidad hacia lo inútil.

Esas cosas pequeñas y absurdas, esas que seguro no hay en Cuenca.

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