Arturo Baltar, escultor de poemas

marifé santiago bolaños LUTO EN LA CULTURA

OURENSE CIUDAD

La autora del libro inédito sobre el artista recuerda la figura del creador ourensano

20 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

A ver, Arturo: ¿leerás estas palabras ahora que ya te has sentado, definitivamente, en el borde de un camino?, ¿se las beberán tus camelias y tus laureles llenos de pájaros?

Llevamos hablando así los dos, desde los atardeceres del mundo que empezaron en Ourense, hace más de tres décadas, en los silencios y en las siluetas de las cosas que están hechas de palabras que vuelan, cuando colgamos el teléfono o cuando nos despedimos en el Café Latino hasta la próxima vez… Pero ahora, no sé… Reviso el origen de todo esto, en la casa de Xosé Luis López-Cid, donde me hablaron de las imágenes más bellas y sobrecogedoras que caben en un verso: sirenas que amamantan a sus crías y mujeres que no se dejan vencer por la historia, así que la cambian bailando y cosiendo; la hondura de un templo ancestral transformado en café-cantante, donde el cante hermana a soñadores con derrotados para que tú los conduzcas hasta la eternidad; me hablaron del niño que debe disfrazarse de cabra bailaora y recorrer, nómada, la mezquindad humana sin que esta altere un ápice su estricta elegancia de niño; y de ángeles que regalan sus alas a quienes las necesitan más que ellos, como esas mujeres ignoradas que miran, desde la materia sencilla y primordial, con ojos guardianes de secretos maravillosos… Te encontré antes de encontrarte a ti, fue fácil reconocernos en las siempre herméticas horas de la amistad y la literatura.

Hubo momentos memorables, los atesoro con el celo al que obliga lo imprescindible que, de perderse, arrastraría el mundo hacia el olvido trágico de la belleza. Déjame que recuerde contigo, creo que lo hemos hecho en cada conversación de estos más de treinta años: tu casa impregnada de música de Bach y olor a manzanas poco después de que la hubiera visitado José Ángel Valente, aquella conversación en la frontera del delirio creador y aquella luna llena entre amigos que lo eran, que lo son, de las raíces (López-Cid, Xaime Quessada, los Peña-Rey, Carmen Lorenzo…). El encuentro en tu jardín, unos meses después, la frescura del verano y un gato, leyendo aquel cuento que te escribí y por el que tú me regalaste, a modo de agradecimiento, un pacto y un sendero angosto que, al atravesarlo, lleva al centro del misterio de la creación. Ese sendero y tú, en una reencarnación literaria anterior, daban una segunda oportunidad a la protagonista de mi novela Un ángel muerto sobre la hierba.