Arturo Baltar, escultor de poemas

La autora del libro inédito sobre el artista recuerda la figura del creador ourensano


madrid

A ver, Arturo: ¿leerás estas palabras ahora que ya te has sentado, definitivamente, en el borde de un camino?, ¿se las beberán tus camelias y tus laureles llenos de pájaros?

Llevamos hablando así los dos, desde los atardeceres del mundo que empezaron en Ourense, hace más de tres décadas, en los silencios y en las siluetas de las cosas que están hechas de palabras que vuelan, cuando colgamos el teléfono o cuando nos despedimos en el Café Latino hasta la próxima vez… Pero ahora, no sé… Reviso el origen de todo esto, en la casa de Xosé Luis López-Cid, donde me hablaron de las imágenes más bellas y sobrecogedoras que caben en un verso: sirenas que amamantan a sus crías y mujeres que no se dejan vencer por la historia, así que la cambian bailando y cosiendo; la hondura de un templo ancestral transformado en café-cantante, donde el cante hermana a soñadores con derrotados para que tú los conduzcas hasta la eternidad; me hablaron del niño que debe disfrazarse de cabra bailaora y recorrer, nómada, la mezquindad humana sin que esta altere un ápice su estricta elegancia de niño; y de ángeles que regalan sus alas a quienes las necesitan más que ellos, como esas mujeres ignoradas que miran, desde la materia sencilla y primordial, con ojos guardianes de secretos maravillosos… Te encontré antes de encontrarte a ti, fue fácil reconocernos en las siempre herméticas horas de la amistad y la literatura.

Hubo momentos memorables, los atesoro con el celo al que obliga lo imprescindible que, de perderse, arrastraría el mundo hacia el olvido trágico de la belleza. Déjame que recuerde contigo, creo que lo hemos hecho en cada conversación de estos más de treinta años: tu casa impregnada de música de Bach y olor a manzanas poco después de que la hubiera visitado José Ángel Valente, aquella conversación en la frontera del delirio creador y aquella luna llena entre amigos que lo eran, que lo son, de las raíces (López-Cid, Xaime Quessada, los Peña-Rey, Carmen Lorenzo…). El encuentro en tu jardín, unos meses después, la frescura del verano y un gato, leyendo aquel cuento que te escribí y por el que tú me regalaste, a modo de agradecimiento, un pacto y un sendero angosto que, al atravesarlo, lleva al centro del misterio de la creación. Ese sendero y tú, en una reencarnación literaria anterior, daban una segunda oportunidad a la protagonista de mi novela Un ángel muerto sobre la hierba.

Val de Omar y Blanco Amor

Ahora estamos en Madrid, en el Museo Centro de Arte Reina Sofía, en la exposición antológica que se le dedica a José Val del Omar: tú eres la estrella más luminosa de esa inauguración oficialísima, tú fuiste el elegido por el mítico cineasta para darle cuerpo a aquella anunciación que es su

Acariño galaico

(de barro). Y ahora comemos en la Residencia de Estudiantes, estás cantando ante el piano que, se dice, tocaba Lorca cuando quería contarles y cantarles, a sus compañeros de la Resi, por dónde andaba su corazón. También está ese día en el Círculo de Bellas Artes, donde apareces de repente sin que a ninguno de los dos nos extrañe el encuentro imposible. Y está esa fotografía, con la que queríamos abrir nuestro libro, en un restaurante japonés donde decidimos viajar juntos a la India y a Cuba por razones complicadas de explicar, pero que tienen que ver con tus esculturas y mis poemas.

Este recordar vuelve a llevarme a tu casa: estamos con Ánxeles Cuña, con Sabela, con Elena, con Begoña Muñoz -nuestra Ofelia-, con nuestra familia de Sarabela Teatro. Vuelve a ser el atardecer del mundo y vuelve a haber luna llena, y reímos y cantamos y nos quedamos sin voz y desaparecemos en el humo de los cigarrillos de los fumadores. Pero también es humo del que traen los más exigentes fantasmas del rito teatral, con los que se está sellando, en ese instante, el compromiso de que A esmorga emerja, sobre el escenario del Teatro Principal, en unos meses. Tú eres el centinela de A esmorga, dejaste que Blanco Amor se valiera de ti, actor-augur, para crearla. Me parece que esa jornada de abismos y tiempos se esconde en las Cinco Leliadouras que te dediqué en Celebración de la espera.

Soy consciente del privilegio que supone la cantidad ingente de ocasiones que has entrado en mis versos -la última vez, en Teoría de los matices-. Te da igual que esté en China o que esté en Cachamuiña: eres hijo del mar y de las flores, y ni el mar ni las flores tienen límites. Eres criatura de las tormentas que la mitología relata, a modo de escenografía, cuando un acontecimiento crucial está a punto de suceder. Eres ese acontecimiento crucial, el que reparte felicidad y nostalgia a quienes se pierden en el laberinto de tus belenes, como he visto en Salamanca, en Ourense, en la inquietud gozosa de quienes se topan con lo inesperado de tus retablos. Porque en los rostros ensimismados de tus personas y personajes, en sus manos que se parecen, siempre, a tus manos, espectadores y espectadoras reconocemos el sentimiento de la compañía, de la compasión, del compañero con quien se comparte el pan.

Quisimos escribirlo, Arturo Baltar, guardar en un libro tu biografía poética. Lo hicimos, hace más de tres años que acabamos ese viaje un poco homérico. Me decías que te sentabas, solo, con una botella de tu vino ritual, para convocar a los que ya no estaban a tu lado para beber contigo, y que alargabas el vaso hasta que el sueño te llevaba hacia ellos. Me lo estás contando ante As Burgas, o en esa plaza que decidimos hacer nuestra a la orilla de un té, escucho tu relato metafísico de artista libre de toda clasificación y atadura. Un libro que quisiste que escribiera porque sabías que ibas a ser tú sin interferencias académicas o modas: Arturo Baltar, el caminante que deshoja paisajes.

Cita en el Liceo

Teníamos organizada la ceremonia de la presentación, sería en el Liceo ourensano, deteniéndonos solemnes y risueños, como siempre, ante el espejo de la escalera, convocando a quienes han dejado allí su reflejo, a quienes seguirán dejándolo como ofrenda al tiempo.

Una ceremonia de amistad y cantos, de teatro y poemas. Tú creaste un universo así, lo fuiste grabando en tus esculturas, yo no he hecho más que guardarlo en el cofre de un libro. Teníamos que haber estado juntos, todos los amigos y todas las amigas, ante la cámara amorosa de Pepe Luis queriendo que no se perdiera nada de tu grandeza, absolutamente nada de lo que eras, de lo que eres. Después de tantas demoras inevitables y ajenas a nuestros empeños, el libro, lo hablábamos Pepe Luis y yo hace menos de una semana, tendría que estar listo para carnavales, porque tú imaginabas el Paraíso como una fiesta de entroido… Qué destino, amigo mío: Pepe Luis nos avisaba ayer, muy temprano, a la vez que yo quedaba, hoy, para ultimar detalles…

Ojalá este libro permita, en la delicia de los caminos solitarios del amanecer, un regreso a la casa de la fantasía, cuyos cimientos son los únicos capaces de soportar que, cuando te llame, no cojas el teléfono; que cuando vaya a Ourense, no nos encontremos en el Café Latino. Que tus silencios ya no señalen la puerta de entrada a ese jardín donde la belleza trabaja, afanosa y discreta, por la dignidad. Sin proclamas, sin violencia, con el respeto contundente e invencible de tus esculturas. Te queríamos mucho, te queremos muchísimo, Arturo Baltar, escultor de poemas. A ver cómo te hago llegar estar palabras, las dejaré a los pies de un camelio de tu jardín que me regalaste para el mío, así seguimos charlando en silencio, ¿te parece bien así?

Marifé Santiago Bolaños es escritora y amiga del escultor.

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