«Mi hijo me llamó borracho y fue como si se me encendiera una luz»

Catorce personas siguen en Santa Cruz de Arrabaldo un programa para dejar el alcohol


ourense / la voz

José (nombre ficticio) acaba de regresar del primer fin de semana en casa desde que hace tres meses ingresó en la Comunidad Terapéutica Sagrada Familia. «Tenía mis temores, pero para mi sorpresa fue todo bastante bien», señala este vecino de la zona de las Baixas que comparte terapia con otras 13 personas en ese centro que la Fundación San Rosendo tiene en Santa Cruz de Arrabaldo.

Cuando José habla de miedo en ese regreso al hogar se refiere a varios temores. «Mi mujer ya había venido varias veces a verme y salimos incluso hasta Ourense, y también vinieron dos de mis hijos, así que en el fondo creo que sabía que me recibirían bien, pero me imponía. Al final fue de maravilla», dice. Pero también le asaltaban otras dudas. «Me infundía respeto volver al lugar donde últimamente solo se me veía borracho, no sabía lo que sentiría yo», dice.

José fue capitán de barcos de pesca y sus problemas con el alcohol comenzaron cuando se jubiló. «Yo nunca fui bebedor. En el barco nunca, porque tienes mucha responsabilidad, y cuando volvía cada cuatro o cinco meses a casa, bebía en las fiestas o celebraciones. Cuando me jubilé pensé que empezaba una etapa a mejor, que se había acabado aquella forma de malvivir, porque la vida en el barco no solo es dura; es estresante y horrible muchas veces, aunque se gane mucho dinero», aclara. Todo empezó para celebrar precisamente el final de esa etapa. «Quedaba con mis compañeros, íbamos de un sitio a otro tomando unos vinos y luego cada uno para su casa». El problema es que cada vez el número de vinos consumidos y de locales visitados, aumentaba. «La pandilla se fue disolviendo, pero yo y alguno más seguimos. Nos creíamos hasta simpáticos, pero acabábamos borrachos casi todos los días. Alguna vez me salvaron la vida obligándome a dejar el coche y metiéndome en un taxi», cuenta.

Además del deterioro físico, José es consciente de hasta qué punto el alcohol le nubló la mente. Literalmente. «Los recuerdos de esa época no están claros; no están completos. Es como si se me hubieran borrado cosas, aunque ahora poco a poco van reapareciendo; pero tengo más claras la física, matemáticas o astronomía de cuando estudiaba», dice.

Lo que sí recuerda son las advertencias de su gente. «Todos me decían que no podía seguir así: mi mujer, mis hijos, mis amigos... Todos los que me querían. Pero yo no me lo creía. Me molestaba y me apartaba de los que me hacían esos comentarios», comenta. Con 62 años asegura que lo que más le pesa es precisamente el dolor que ha causado en su entorno. «Mentía a todo el mundo, a los que más quería. Negaba siempre la mayor. Yo pensaba que les engañaba, pero en el fondo había algo en mí que sabía que yo no tenía razón, sentía que algo no iba bien». Le recomendaron terapias, llegó a ir al psicólogo «pero al salir me paraba en el primer bar que hubiera».

Todo cambió un día que su hijo llegó de madrugada a casa. Le llamaron pero no contestó y vivió con angustia aquellas horas. «Cuando llegó discutí con él; a pesar de que intentaba razonarme que estaba en la casa de un amigo y se habían quedado dormidos. Le grité tanto que acabó llamándome borracho. Entonces fue cuando pasó. Me dolió que me lo dijera, claro. Pero fue más que eso. Fue como si se me encendiera una luz», cuenta.

José dice no es el mismo que llegó al centro hace tres meses. «Y solo el aspecto físico, porque estaba tan deteriorado que incluso en la primera entrevista que me hicieron pensaron que tenía alguna enfermedad mental degenerativa». Ha cambiado más cosas. «La primera vez que me tocó limpiar los baños me quedé bloqueado. ¿Cómo un capitán, acostumbrado a tener un camarero a mi disposición, iba a limpiar los baños? Hoy lo hago con normalidad y ayudo en lo que toca como los demás». También ha recuperado alguna de sus aficiones, como el dibujo, para el que tiene una extraordinaria habilidad como demuestra su libreta de caricaturas. Dice que ahora vuelve a tener ilusión con el futuro «pero sé que, aunque me recupere de este bache, soy un alcohólico y que no me puedo confiar. Y no lo digo por decir. Me lo creo de verdad. Aquí me han enseñado y he aprendido muchas cosas. Me han salvado la vida», concluye.

Treinta años de un proyecto que alcanza el 75 % de casos de éxito

La Comunidad Terapéutica Sagrada Familia comenzó a funcionar en 1988 y dispone de 30 plazas residenciales. «La mayor parte de su historia el centro siempre estuvo lleno. Hace unos años empezó a descender, pero ahora vuelve a repuntar la demanda», explica Carlota Serrapio Freijido, psicóloga y directora de esta institución en la que siguen un plan terapéutico propio. La estadística de usuarios valida los resultados. «El 75 % de los que han pasado se han rehabilitado», señala la responsable, recodando que la base metodológica se ha ido completando con el tiempo. En 2002 se implantó el programa de prevención de recaídas; una fase de seguimiento que ayuda a mantener el objetivo una vez lograda el alta terapéutica, que se produce a los seis meses. «Hay un plan de salidas progresivo, pero aquí la persona está como en una burbuja, sin esos estímulos de una sociedad en la que el alcohol no solo es aceptado, sino que está unido a la cultura socializadora», explica la directora. Otra novedad son las sesiones de trabajo grupal para familias. «A veces se sienten muy culpables y también tienen dudas sobre cómo actuar. Hablar con otros en su misma situación les ayuda a ver que no son los únicos y a aprender de la experiencia de los demás», dice la directora.

Las estadísticas reflejan que la media de edad de los usuarios que llegan a este centro ha bajado. «Por lo demás los perfiles siguen siendo variados. Hemos tenido abogados, periodistas, amas de casa, agricultores y hasta médicos», relata Carlota Serrapio. Los varones siguen siendo mayoría «quizá porque el alcoholismo en la mujer continúa siendo tabú; se esconde», opina.

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