Botellón, ¿qué hay más allá del orden público?


Hace un año, trabajando con adolescentes de 14 a 16 años en un programa de prevención de conductas adictivas en Ourense, les planteamos un interrogante: ¿Para qué consumen alcohol los adolescentes? La pregunta no era improvisada. Tratábamos de arrojar luz sobre una cuestión que resulta esencial cuando se trabaja con las conductas adictivas: ¿Cuál es el uso que se le da a la sustancia? Sabemos que beben, y sabemos que la ley lo prohíbe, pero ¿por qué lo hacen? Nos encontramos con respuestas previsibles: «Porque lo hace todo el mundo», «Porque nos gusta», «Porque es barato» o «Para divertirse». También fue significativo el número de chicos que nos contestaron de otro modo: «Para no pensar», «Para pasar de preocupaciones», «Porque así me olvido de todo».

Para un adolescente consumir alcohol es realizar una actividad con pretensiones de adultez, iniciarse en un nuevo mundo de sensaciones, relaciones y hábitos que ve en los mayores, en aquellos que ya no son niños. Porque si algo no soporta el adolescente es aparecer como un niño ante sus iguales. Es por esto que el alcohol hace tiempo que forma parte de los ritos de paso adolescentes, y estos son una actividad grupal, pública, en la que el joven reafirma ante sus amigos que ya no es el niño que fue. Tradicionalmente, para el joven que debuta en el consumo de alcohol, la experiencia tiene connotaciones iniciáticas, de experimentación y manipulación del propio cuerpo, de sensaciones novedosas y transgresoras. Así se podría decir que el adolescente bebe «para sentir», al igual que realiza otras actividades de riesgo. Sentir qué pasa cuando se hace algo prohibido, cuando se alteran sus sentidos, cuando se saborea el mundo de los adultos.

Pero la actualidad clínica, educativa y social nos informa de que los hábitos de consumo de alcohol entre los más jóvenes tienden al creciente uso de bebidas de alta graduación, con el consiguiente incremento de intoxicaciones etílicas. La ingesta es rápida, compulsiva y en ocasiones se acompaña de otras sustancias. Aparece así un fenómeno diferenciado que sería utilizar el alcohol «para no sentir», para perder la propia conciencia, o lo que David Le Bretón llama «desaparecer de sí». Según este sociólogo francés, son cada vez más los adolescentes que beben no por la ebriedad, sino por caer en coma etílico lo más rápido posible. No solo se trataría de un consumo festivo con los amigos, sino de beber a toda velocidad para «desaparecer de la faz de la tierra». No consistiría en estos casos en ensayar hábitos de adulto, sino en aliviar la angustia de vivir.

Desde hace ya años existe un consenso generalizado en que el uso abusivo de alcohol perjudica gravemente la salud física y psíquica, particularmente entre los más jóvenes. Los adolescentes necesitan tanto la transgresión como los límites. Esto implica la existencia de normas. También necesitan de escucha, por más que a veces nos incomoden sus silencios y nos sorprendan sus palabras.

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