Las cosas están cambiando


Ourense está como siempre. Me lo decía esta semana una persona que algo de ourensana debe tener... porque vive en Vigo. Quise sacar pecho y le dije que sí. Aunque es probable que hubiera sido más honesta si le hubiera dicho que la ciudad está como nunca, una expresión lo suficientemente ambigua para que pensara que nos va mejor que antes o para que se diera cuenta de que jamás hemos estado como ahora. Ya saben. La escalera, ni subiendo ni bajando. En los tiempos que corren estar como siempre suena negativo porque, a la velocidad a la que cambia el mundo, qué posibilidades tiene de sobrevivir el que se limita a «la vida sigue igual». Hasta con los pinchos de los vinos se me ocurren metáforas. Esta semana presentaban el concurso Sabores de Outono y se volvía a apostar por la gastronomía en pequeñito basada en productos de la tierra y de temporada. Setas y castañas. Pregunten, pregunten, cómo están las setas y las castañas este año que intentó convertirse en un eterno verano. Hay pocas y también las hay malas. Así que habrá que echarse a los bares para comprobar si los hosteleros tienen algún remedio para luchar contra la tiranía del tiempo, del clima si me apuran, a la hora de ponernos una tapa junto a la caña para celebrar con el gusto un otoño que nos tiene desconcertados. En las tiendas de ropa y de zapatos, esas en las que se desesperan porque un plumas y unas botas daban calor hasta hace cuatro días, sí que se han dado cuenta de que las cosas han cambiado. Y ahí están, intentando inventarse alguna cosa para que nos compremos ropa... pero para que no lo hagamos, al menos no solo, en Internet, en grandes cadenas, en días de descuentos...

Las cosas han cambiado y la gente, madre mía la gente, ha cambiado todavía más.

No podemos pretender, como ciudad (como hosteleros, como comerciantes, como políticos...), seguir haciendo lo mismo cuando ya nada es lo que parece.

Así que, que Ourense siga igual, como aseguraba mi amigo de Vigo, no es nada bueno. Es probable que no lo dijera como un cumplido sino como una constatación de la parálisis, que nos pilló con la sonrisa puesta. La próxima vez que venga me lo llevaré a las orillas del Miño. Y desde allí nos tiraremos en tirolina. Y entonces sabrá -él, que viene de la tierra del Dinoseto- qué es lo que es bueno.

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