Quemados


Tras los incendios no solo quedan escombros y cenizas, humo y carbón, rabia y desolación, miedo y tristeza. El fuego -que tanto destruyó esta semana en Ourense, que tanto ha destruido durante tanto tiempo- tiene la virtud de dejar algunas cosas intactas.

Los incendios que nos quemaron, que nos seguirán quemando aunque estén apagados, nos ponen frente a nosotros mismos.

Las llamas hacen que veamos mejor, casi en HD, los dramas que nosotros mismos protagonizamos. Y que dirigimos, Y que producimos. El de la despoblación, con pueblos con tantos vecinos como dedos de una mano; el del envejecimiento, con mayores, muy mayores, viviendo solos; el del abandono del rural, con casas deshabitadas, con fincas que son selvas; el de la emigración, con ourensanos que volvieron a casa porque fuera hacía frío y aquí se quemaron; el de la crisis del campo, con vacas que casi no tenían para beber y ahora no tienen para comer.

De ninguno de nuestros dramas podemos escapar. Te rodean, como el fuego. Te dejan sin escapatoria, como el fuego. Te queman, como el fuego. Y son difíciles de apagar, como el fuego.

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