O Picouto, La Habana, Washington

Con 4 años la trajeron desde Cuba a Ourense por consejo médico porque no comía

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ourense / la voz

A Carmen Torres Testa (La Habana, 1926) aún le duele Cuba. Son muchos los años que lleva fuera de la isla donde nació, donde se formó y de donde salió con lo puesto. Se repuso en Estados Unidos, como otros muchos hijos de emigrantes gallegos. Su nieta Janeece Carell, la mayor, leyó en septiembre su tesis doctoral en Vigo. Carmen, como si tal cosa, sin más compañía que su maleta, se plantó en Galicia para acompañarla y volver a ver a su familia. Fuerza y empeño no le falta a una mujer que tuvo que reinventarse y empezar de nuevo.

No fue fácil. No olvida esta mujer sus raíces, ni su niñez entre O Picouto (Ramirás) y Celanova, de aquí para allá. En Estados Unidos peleó una segunda oportunidad y logró salir adelante después de su segunda y más dolorosa salida de la capital cubana en 1963. Sus hijos ya habían dejado la isla dos años antes, solos, con 8 y 6 años en avión destino Miami. «Se nos rompía en corazón, pero era necesario. Había amigos esperándolos y tomaron otro avión a Washington, donde teníamos familia». Se asentaron.

El padre de Carmen, Cesáreo, natural de A Bola, había emigrado a Cuba «de niño, prácticamente». Tenía una ahijada en O Picouto y en una de sus visitas de ida y vuelta conoció a Dolores Testa. «Mis papás eran muy bonitos. El era un hombre tiposo, de pelo gris. Ella era muy linda. Se casaron aquí. Y él se la lleva para Cuba. Y allí nací yo». Con cuatro años vino a Galicia por primera vez, con otra hermana que entonces tenía cuarenta días. «Resulta que yo no comía. Y decidieron los médicos probar con el cambio de clima. Así descubrí las raíces familiares». Funcionó. Tan bien, según le contaron, que fue llegar, ver cerezas y empezar a comer. O algo así sería...

De la «escuela de doña Teresa, en O Picouto, pasé a la Divina Pastora de Celanova». Sus padres, que habían vuelto a Galicia durante la gran recesión, decidieron regresar. «El apoderado que había dejado en La Habana le dijo que todo volvía a estar bien. Mi papá había decidido no cobrar los alquileres de las viviendas que teníamos, sencillamente para que estuvieran ocupadas y evitar el vandalismo». De vuelta, aquella Carmen que había venido a Galicia de niña estudió farmacéutica. Número uno de su promoción. Se casó. En La Habana creció, nacieron sus hijos, fue feliz y vio cómo la vida le sonreía.

Primero abrió una farmacia y después, en sociedad con una compañera y amiga, con la que siguió teniendo contacto en Washington, la segunda. Les iba viento en popa. Y en eso llegó Fidel, sin la música de Puebla. «Todos estábamos de acuerdo con la revolución. Prometía ser nacionalista y todo bien ciudadano quiere lo mejor para su país. Pero pronto cambió de nacionalista a comunista, como todo el mundo sabe. El resto es historia, sobradamente conocida», dice esta mujer que consiguió salir adelante a base de esfuerzo y trabajo. «No tengo nada. Lo perdí todo, pero soy conservadora», reflexiona, aunque trata de evitar la política. Es conservadora.

«Tres mudas fue todo lo que pudimos sacar, un par de zapatos, una cartera, tres vestidos y ropa interior». Y un último sabor amargo en la boca. «Puse dos toallas y me las quitaron», lamenta, sin permitirse asomo de tristeza.

«Al principio no faltaba de nada, porque en todas las casas había de todo, pero pronto llegó la escasez y, lo que es peor, el adoctrinamiento. La educación fue su principal objetivo. Ponían a los niños en contra de sus familias», narra. El marido de Carmen tenía un hermano gemelo que abandonó La Habana en 1960, a los pocos meses del triunfo de la revolución. Una hermana ya estaba en Francia. Mantuvieron la esperanza hasta 1963. Tuvieron que salir por México para seguir luego su camino y encontrar a sus hijos.

No fue fácil la segunda vida. Entró en Estados Unidos, al estilo americano, como Carmen Docal, con el apellido de su marido. Y ya no cambió más. Vivieron con amigos y familiares hasta llegar a Washington. «Llegamos a estar un mes en cuatro casas diferentes de acogida», hasta que consiguieron un apartamentico para vivir con sus dos hijos. En una farmacia consiguió trabajo como dependiente. No pudo convalidar inicialmente su titulación de farmacéutica porque, según le decían, no constaba que hubiera aprobado el bachillerato.

Se repuso a todas las adversidades. Acabó sintiéndose reconocida con diecisiete años de trabajo en el laboratorio de genética de la Universidad George Washington. ¿Y Cuba? «Cada día que pasa veo más difícil volver».

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