La patria


Un amigo con sentido común, probablemente hastiado de la gente que quiere hacer la guerra civil en las redes sociales pero no mueve el culo del sofá, colgó esta semana una foto de sus hijos (de espaldas; ya había dicho que tiene sentido común) con un simple comentario: «Mi patria». No pude hacer otra cosa que aplaudirle porque el modo en el que algunos están digiriendo el desafío secesionista anima precisamente a abrazarse a la patria chica y a ondear una bandera que nadie puede censurar, la de la propia familia.

Mientras escribo estas líneas varios centenares de personas se concentran en defensa de España en la praza Maior de Ourense. Y yo, que aún me creo las cosas espontáneas porque soy irremediablemente inocente, capto (o lo intento) el espíritu de esta manifestación que no fue convocada por ningunas siglas (aunque, claro, las hubiera) y en la que había políticos (eso sí, a pie de calle) pero también gente corriente. Ese arranque, el de plantarse en la praza Maior con bandera o sin ella, y esas ganas de reivindicar lo propio, pueden parecer ahora adulterados por la actualidad pero creo que serían saludables si consiguiésemos movilizarnos como sociedad sin necesidad de que nadie declare unilateralmente la independencia. En Ourense, sin ir más lejos, no vendría mal sacar pecho, ponernos dignos, exigir lo que nos corresponde. Porque al final, y al menos en términos prácticos y sentimentales (que también son importantes), Ourense es nuestra patria diaria y no estaría mal salir a defenderla de vez en cuando. De los cánticos de «Yo soy español», que nos salen cuando gana Nadal, podríamos extraer algo para sentirnos ourensanos (no confundir, importante, con eso de la ourensanía).

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