Nunca más allá de la frontera Pedrouzo he escuchado la palabra torongo, calificativo que usamos para referirnos a casi cualquier cosa cuando la memoria te traiciona sin aviso y ya no eres capaz ni de recordar como se le llama a eso que usas para calzarte. Torongo puede ser esa espinilla a punto de darte los buenos días por la mañana, o los badenes deslucidos de las carreteras que tratan de evitar altas velocidades. Un moco tipo carraña, el monumento de colores que te despide de Ourense justo después del puente del Milenio, ese que te quita las ganas de volver. Libre criterio de solución sencilla. Fui tan burro la mayor parte de lo que ha durado mi vida hasta ahora que pasé más tiempo del debido creyendo que eso de la Gurtel solo era un problema que tenía una señora adinerada de pelo cardado. Digo esto no como justificación ni a modo exculpatorio, yo ya fui condenado y desterrado a la ignorancia hace mucho tiempo, lo cuento porque es de mejor comprensión el ridículo que, una tarde de noviembre mi mejor amigo Jose y yo, hicimos en nuestro primer negocio clandestino: intentar comprar canutos. Un macarra de instituto nos había chivado que la opción más fácil era ir a la plaza del Trigo y buscar a El Cordobés.

Con la garganta temblorosa solo por la idea de tener que hablar para hacer el trato, dimos dos o tres vueltas a la fuente de la plaza a modo de reconocimiento, esperando escuchar una voz de acento andaluz que delatase a nuestro contacto.

Eran las siete de la tarde y allí no había nadie. Regresamos a las diez de la noche, lo que facilitó mucho la búsqueda. Una cola que doblaba la esquina hacia un callejón nos señaló inocente el punto exacto a donde ir, solo faltaba una máquina de carnicería que ordenase todo por número. Llegó nuestro turno.

Llevábamos un billete de dos mil pesetas en la mano, por lo que el administrador clandestino de genuino acento gallego dio por hecho que esa era la cantidad que queríamos, aunque la idea era comprar la mitad.

Cogió el dinero de mi mano izquierda depositando en mi mano derecha el producto. Lo miré ágil, perdiendo tacto y compostura durante una décima de segundo. Desde lo más abajo de mis intestinos salió espontáneo sin remedio un «¡menudo torongo!», seguido de unas carcajadas inconvenientes y estrepitosas del resto de la cola detrás de nosotros. Nos colgaron el cartel de primos al instante. Pasamos el resto de fin de semana enredados con el torongo sin la menor idea de cuanto tenía que durarnos, de si había un límite como en lo etílico, temerosos de que, al haber sido el pobre espectáculo de aquella tarde, la policía viniese a por nosotros.

Nos lo fumamos todo convencidos de haber acertado así con la solución adecuada. No hay pruebas, no hay delito. Tuve que visitar a El Cordobés años después la noche en que Raquel Meroño ya solo tenía tabaco para fumar. Esa historia, por suerte, ya la he contado antes.

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El «torongo» de «El Cordobés»