Prevención


Los discursos oficiales en asuntos de seguridad incorporan invariablemente pomposas referencias o apelaciones -siempre explícitas, no vaya a ser que se pasen de sutiles y la parroquia no se entere- a la prevención, la coordinación, la colaboración ciudadana y, según el escenario, al trabajo de la administración que corresponda, policías, jueces y fiscales. Adobado todo, claro, con imágenes de juntas y reuniones periódicas destinadas a intercambiar experiencias y lubricar engranajes para el idóneo funcionamiento de los mecanismos. Si nos fijamos en la delincuencia incendiaria, por ejemplo, igual atenta el criminal que elige soltar una mecha recién encendida, como el que deja sin apagar las brasas del churrasco en medio del monte en un día de calor extremo. Un mal golpe de viento puede acabar provocando una desgracia, pero en este ámbito las líneas de prevención están tan claras como, llegados al drama, apelar a su ausencia a la hora de acusar y justificar. ¿Y la violencia machista? ¿Cómo se hace la prevención, más allá del discurso de la educación, las referencias al rancio patriarcado y el análisis de las variables que trae cada nuevo brote? Se está celebrando en Ourense el juicio por la muerte de una mujer, presuntamente a manos de su marido, quien, también presuntamente, lo había intentado un mes antes. Nada hacía prever, dicen, la primera agresión. Pero sí aparecieron indicios de que podía haber otra. La hubo. Una mujer perdió la vida. Dos años después, ninguno de los siempre coordinados elementos de la maquinaria de la prevención, ha tenido el valor de asumir pecado alguno en la muerte anunciada de una mujer.

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