La tribu de los que nunca duermen

El ilustrador Macaco expone sus dibujos en el Rock Club


ourense

«El pájaro, hasta cuando anda, se nota que tiene alas», Lemiere.

El Rock Club, en su nueva ubicación en la plaza Pena Vixía, abre un espacio para la creación que inaugura con la obra del dibujante Macaco, premio del cartel de las fiestas de Ourense 2017.

El Rock Club es el encuadre paradigmático de una generación, la generación del Rock Club, con muchos sueños y poco sueño, una tribu criada con música de calidad y buenas lecturas, veranos en el pueblo, bocatas de chorizo con gluten, Tintín, Mortadelo y los electroduendes. Serie B y dibujos en la sobremesa de los sábados en los que te hartabas de llorar, películas en las que siempre ganaban los buenos y algún que otro coscorrón en el cole que no nos traumatizó. Queríamos tener alas, ser astronautas, indios, forajidos, estrellas del rock. Teníamos sueños, miedos, ilusiones. Crecíamos mientras Labra ponía la mejor música a noches sin final.

Manuel Caride Conde, Macaco, presenta 25 dibujos que forman parte de una serie de 67 láminas y cuyo proyecto surgió en el 2015 tras su regreso de un viaje a Tánger donde había realizado unos murales para el club Tangerinn.

Ese viaje se refleja como inspiración de otro introspectivo en el que su alter ego vive experiencias intensas en parajes desolados y espacios oníricos de corte existencial y estética retrofuturista. La atmósfera, claustrofóbica, laberíntica, presenta un paisaje hostil al que se enfrenta el protagonista en soledad. Un camino peligroso en el que se desconoce la salida. Aunque el destino es el pretexto, el eje narrativo de la obra es el viaje en sí, el regreso a Ítaca y la heroica epopeya del día a día, las aventuras y retos que acontecen en el trayecto.

Monocromías iluminadas con témpera blanca que en cada ilustración mantiene la emoción del relato y su intensidad dramática. Remite al Expresionismo en el tono oscuro y la alienación del hombre en un claustrum inhóspito. Esta claustrofobia se transforma en agorafobia, espacios que por su magnitud e indefinición producen cierto vértigo y angustia en el espectador. De alguna manera remite a la obra El caminante sobre el mar de nubes de Friedrich por la identificación del artista como protagonista de la obra y por la emoción romántica de evasión a través de un paisaje inconmensurable cuya magnitud minimiza la presencia humana logrando una perspectiva cromática predominantemente fría, con primeros planos oscuros y descarnados y fondos más brillantes y claros consiguiendo una perspectiva aérea. Paisajes helados de una civilización pretérita en ruinas que es futuro incisivo.

El espectador

Presencias extrañas, seres intimidantes contribuyen a crear la atmósfera de misterio e indefensión que comparte con el protagonista, el espectador.

En medio de la vorágine que afronta Macaco como un héroe descalzo surcando un viento estanco a lomos de un albatros es inspirador el dibujo de Jean Giraud, Moebius, artista que revolucionó la historieta de ciencia ficción de los 70-80 con un estilo naturalista y académico con manchas de negro para segregar los planos. Un dibujo próximo al grabado calcográfico donde la trama manual define los volúmenes y las sombras con un grafismo recargado y ornamental en el detalle que remite a la orfebrería en su apariencia filiforme de corte sintético y arista dura con una aproximación a la caricatura.

Hermético, el periplo viajero de Macaco iguala al hombre en su angustia existencial, en su miedo a la soledad a lo impredecible de un futuro incierto. Sus láminas representan una aceptación del peligro, una evasión ascética, un repliegue hacia el abismo del interior de nosotros mismos.

Blanco y negro melodramático en los medios tonos y expresivo en las iluminaciones. Celajes 3/4 indefinidos con línea de horizonte baja que aproxima a los seres silenciosos que perturban un vacío aterrador y cuya sombra se proyecta más allá de sí mismos como una amenaza. Geometría aristada y línea dura, perfiles subrayados y escenas que gotean. Inquietante fundido en negro. Precipicios habitados por lombrices espirales de anillos, un ojo ventral perturba como enjambre de la bestia y a la vez salida. Enfrentarse. Ser engullido para renacer de úteros tan aterradores como la realidad a la que exponen al individuo. Caer para levantarse.

Equlibrio entre haces de luz y horizonte, reforzando las líneas de una jaula invisible.

Antropocentrismo. Humanismo concéntrico, el ser es el centro de un universo psicodélico. Esfinges colosales de cráneo hipertrofiado y garras franquean enfrentados puertas a dimensiones invisibles y míticas sobre un bosque de osamentas, piedras y reptiles.

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