Un vino en compañía de Chet Baker

Defiende Quique Fidalgo que en un local de hostelería hay que ser fieles al estilo propio, establecer unas normas para cumplirlas y estar siempre pendiente de todo


ourense / la voz

En este 2017 cumple «O Frade» veinticuatro años, lo cual significa que Enrique Fidalgo Logchies (Ámsterdam, 1966) lleva una buena parte de su vida detrás de la barra de un local que se ha convertido en uno de los referentes de calidad de la zona de vinos de Ourense. Con la mayoría de edad recién estrenada aterrizó en la hostelería con su primer local, el Glub, donde vivió el tirón de la noche en una época de expansión. Aún hay quien lo conoce como Quique Glub, aunque aquella etapa quede muy lejana y la vida haya dado muchas vueltas desde entonces. Su tiempo y sus prioridades están ahora mismo en casa, que las risas de sus hijas Alba y Maya, que hoy tienen once años, casi doce, es algo que no se puede desaprovechar. O se disfrutan en el momento o se pierden para siempre. Y tampoco es plan dejarlas ir.

Quique es de los pioneros del resurgimiento de ese espacio urbano con vida propia entre la Praza do Ferro y la Catedral. Arrancó su Frade como cervecería. Parecía el momento. Se vivía entonces, hace un cuarto de siglo, el bum de las cervezas de importación. Hasta setenta marcas hubo, entre grifos y botellas, pero pronto fue reorientando el negocio para llevarlo a lo que hoy. Bocados bien trabajados, copas finas y buenos vinos. No era lo que hacían gran parte de los vecinos, pero el reto funcionó. ¿Reconocimiento a aquella labor pionera? Digamos que el justo. Tampoco pasa factura.

«La experiencia me dice que en un local de hostelería has de tener normas y cumplirlas, si no quieres tener un bar de gente gritando: yo, desde luego, no quiero que sea así», dice Quique, devoto del jazz, una música que aquí es objeto de mimo y ofrece una buena y discreta compañía para el pincho de tortilla, el salmón marinado o el jamón. La guitarra de Pat Metheny tiene la culpa. Se le cruzó aquel sonido y lo incorporó a su vida. La compañía de Chet Baker, o la de Tom Harrell, mientras se saborea una caña de cerveza bien tirada (como en pocos sitios, dicho sea de paso) o se disfruta un buen vino y sus crujientes patatas fritas, es algo que no tiene precio.

Pasa del cuchillo al lito, impecablemente blanco para sacar brillo a las copas, con soltura. Saber que los mil ojos de Jose Barreiro están pendientes de la parroquia, como que la buena mano de Esperanza Prada garantiza que las reconocidas tortillas de la casa salgan en el punto que la clientela pide, le permite concentrarse en lo que en cada momento vaya tocando. Y ello a pesar de que el local estará invariablemente lleno durante mucho tiempo. Concede el hostelero, hoy tabernero, mucha importancia a la comodidad del cliente. Y aunque no sobre espacio, que va apretado, con buena voluntad se exprime al máximo.

El griterío, mejor lejos

«Hay que ser fieles a un estilo y mantener tu propio orden, huir del griterío y del ruido sistemático», dice Quique Frade, ya casi olvidado el Glub, como su paso por el Pena Vixía, el Cantinero de Cuba, o el Porta da Pía, donde, en distintos momentos de su vida, tuvo algo que ver.

«¿Montar otro negocio? Puede ser, no digo que no, pero me costaría mucho dejar el Frade», dice quien, en etapas no tan lejanas, llegó a pasar hasta dieciocho horas seguidas de trabajo casi sin parar. Se resiste a volver a ese ritmo infernal, aunque después busque el aire fresco y vaya a la montaña siempre que tiene ocasión, a caminar, a disfrutar de la naturaleza, a explorar rincones y a calzarse los esquíes.

Hijo de madre holandesa y padre ourensano, sus raíces están en Xunqueira de Ambía. Nació en Ámsterdam y de allá se trajo en la sangre un interés por la pintura que deja salir en las horas y horas que saborea, como el mejor vino, entre óleos. «Me dedico a cortar jamón y a abrir botellas de vino. De eso vivo».

Apasionado del jazz, pinta, pero se resiste a «vender mis emociones»

Que el jazz interesa al dueño del Frade, en la calle Fornos, es algo evidente para quien entre en el local. Sorprende a quienes acuden por primera vez. Le da un toque diferente, personal, en sintonía con los gustos de Quique Fidalgo. Es una de sus pasiones conocidas, pero no la única. Pinta. En su vida ha participado en dos exposiciones, una individual y una colectiva. Pero no vende. «Me resisto a vender mis emociones», dice, mientras en casa sigue sumando y sumando imágenes y colores, sobre lienzo, sobre madera, o el soporte que tenga a mano en cada momento. No deja de estudiar y sigue, con interés, la escuela flamenca de pintura, por aquello de las raíces. Hay quien, al ver su obra, se lo dice. Toma nota. Expuso en Allariz y lo hizo también en Vila Real y Pontevedra, participando en una colectiva que buscaba profundizar en los lazos culturales entre Galicia y el Norte de Galicia. Fue en el 2016 y no iba solo. El sello ourensano lo llevaban el propio Quique con óleo, con Xurxo Oro Claro y Xavier Cuíñas en formatos diferentes: uno con madera recubierta de acero inoxidable y el otro con técnica mixta.

Hostelero. El escenario.

quién es

Hostelero. Se estreno en la noche con un pub, el «Glub», cuando tenía 18 años. Se estabilizó en el «Frade».

El escenario. A Quique le gusta la Praza do Ferro, que es uno de los clásicos de la ciudad, la puerta de entrada a la zona de vinos y copas donde ha desarrollado su vida profesional. Pero también el Café Latino, de su amigo Eduardo Rodríguez, con quien comparte pasión por la música de jazz.

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